La carta de Leó y Albert
Una reacción en cadena que transformó nuestra capacidad de destrucción masiva
Parecía que todo estaba hecho. Había triunfado y brindado una aportación indudable al mundo. Varios premios de renombre se lo habían reconocido. Era hora de descansar. En aquella casa de madera, el verano pasaba lento y casi indulgente, y el mar respiraba sereno. Sentado en el porche, Albert permanecía descalzo, con el cabello revuelto por la brisa, como acostumbraba. Fumaba en una pipa larga, y tenía un cuaderno cerrado sobre las rodillas. Miraba el horizonte con cierta complacencia, como si contemplara una ecuación cuya solución no deseara encontrar demasiado pronto. Aunque súbitamente el estómago se le torció cuando le asaltó la idea de aquella tormenta que se estaba gestando al otro lado del océano que oteaba.
Un coche apareció por el camino de tierra que llevaba hasta la casa, levantando una nube de polvo pálido. Albert no se levantó enseguida. Lo hizo acompasadamente hasta inclinarse suavemente sobre la barandilla, y desde allí observó detenerse el estruendo que había roto su calma. Reconoció ese modo de detener el motor con un gesto seco, esa forma de salir del vehículo con el cuerpo inclinado hacia delante, como si el pensamiento tirara del resto.
— Siempre llegas como si el tiempo te estuviera persiguiendo, Leó — dijo, mientras el visitante encaramaba los primeros peldaños del porche.
Leó hizo una ligera mueca que apenas alcanzó la sonrisa.
— Porque, aunque no lo adviertas, el tiempo siempre nos persigue. No todo es relativo — dijo con tono sarcástico.
Se estrecharon la mano con familiaridad. En ese apretón había laboratorios mal ventilados, tardes de discusión sobre válvulas y compresores, papeles de patentes redactados a dos manos y también despedidas en andenes de estación que, en el momento, nunca se sabía si eran provisionales o definitivas.
— Te sienta bien el mar — dijo Leó, observándolo con atención—. Demasiado tranquilo, quizá.
— No creas, la cabeza me bulle. Aunque te admito que me proporciona cierta calma — respondió Albert —. Al final, el mar siempre disipa las tormentas.
Se sentaron. Durante unos segundos no hablaron. Pero el silencio entre ellos lejos de estar vacío, era habitado por recuerdos que ninguno necesitaba nombrar. La lengua en que aprendieron a pensar, los cafés donde discutieron fórmulas como si fueran programas políticos y esa sensación ocasionalmente mentada de que el suelo se volvía inestable bajo sus pies.
— He estado pensando en aquellos planos — dijo Leó de pronto —. Los del aparato que no debía tener partes móviles. Queríamos eliminar la fricción, ¿recuerdas? Reducir el desgaste.
Albert asintió con una sonrisa cargada de nostalgia.
— Queríamos diseñar algo que no tuviera elementos de fallo, que eliminase el desajuste entre partes. Pero probablemente es imposible. Siempre hay elementos, y siempre entran en colisión.
— El desgaste inevitable de la entropía y el afán inútil por sobrevivir a él, supongo — completó Leó, que apoyó los codos en las rodillas y continuó con gravedad —. Albert, sabes que vengo porque aquellas soflamas que nos invitaron a huir, que parecían arrinconadas en las chaladuras de unos pocos, en pequeños mítines y algaradas callejeras, ya no son una anécdota. Ya no son cosa de una panda de exaltados. Han ido ganando adeptos, copando los medios, imponiendo su agenda. Sus promesas de orden, prioridad nacional y sentido común para el hombre común han calado. En las instituciones se ha instalado definitivamente la conspiración del reemplazo, el discurso de las raíces y de la pureza, como si fuera una cualidad biológica. Hablan como si hubieran hallado la solución final de una ecuación cerrada.
Albert dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
— Hay problemas que no admiten solución. Y creer hallarla, más allá de la ficticia comodidad que genera, es un error peligroso.
— Lo inquietante — prosiguió Leó — es que tras la fuerte crisis económica, con una inflación disparada y la imposibilidad de conseguir una mera vivienda, ese discurso nacionalista se ha rodeado de un ímpetu productivo inaudito. Muchos sienten que, después de haber sido despojados de casi todo, este resurgir de sentido y de ilusión les ha rescatado. Y todo gracias a la narrativa simple de pensar que aquella crisis tuvo un responsable, conspiradores usureros en la penumbra, inmigrantes ilegítimos, grandes corporaciones insaciables… ya lo sabes. Y ahora, parece haber llegado el momento de rendir cuentas y poner al servicio de su venganza la maquinaria que están construyendo.
Albert miró el mar como si allí pudiera leer la deriva de esas palabras.
— Es más fácil odiar a unas personas que a un sistema, o que asumir la inevitable incertidumbre que provocan las catástrofes sin culpables.
— Esa incertidumbre es, probablemente, su mayor caladero. Porque es más fácil prometer orden que tratar de explicarla.
El viento se levantó de pronto agitando las hojas de un árbol cercano. Leó continuó, con la voz más baja:
— He recibido cartas de antiguos colegas. Algunos permanecen todavía allí, aunque muchos otros ya han huido. Todos me cuentan que se están lanzando bulos en los medios, reorganizando las instituciones, expulsando a gente como nosotros, reescribiendo programas académicos y purgando bibliotecas. Y más allá de la historia personal de cada afectado, es la propia ciencia la que allí está empezando a hablar con el acento del poder.
Albert cerró los ojos un instante para rescatar imágenes en su cabeza, y los reabrió para narrar su evocación:
— Sí, he visto fotografías de aulas vacías. Eso les acabará pasando factura en su capacidad para descubrir y para innovar. En su lugar, las están llenando de banderas y manifestaciones de orgullo.
— No son sólo banderas — dijo Leó —. Llevan instrucciones. Entre otras cosas, para explotar esa ciencia en la que están poniendo denodados esfuerzos, incluso aunque sea prescindiendo de cierto talento. No quedan pocos convencidos capaces de lograr lo más atroz.
Albert se volvió a él seriamente y lo miró con atención.
— Dices eso como si lo hubieras visto desde dentro.
— He visto lo suficiente. Y lo que no he visto, lo puedo imaginar.
Se hizo un breve silencio. El mar seguía respirando con indiferencia, aunque el horizonte parecía más oscuro a ojos de Albert.
— ¿Has venido sólo a lamentarte conmigo? — preguntó Albert con suavidad.
Leó negó con la cabeza.
— He venido porque hay algo más. Algo que está en nuestra mano hacer.
Albert inclinó la cabeza, invitándolo a continuar.
— Desde finales del año pasado sabemos que el núcleo puede dividirse. No es ya una especulación. Es un hecho confirmado.
Albert asintió.
— He leído los trabajos.
— Entonces sabes lo que implica — insistió Leó —. Si una división libera neutrones y esos neutrones provocan nuevas divisiones, podemos llegar a provocar una reacción en cadena. Un proceso que se autoalimente y libere tal cantidad de energía que eclipse cualquier precedente militar.
Albert se levantó arqueando las cejas y caminó unos pasos por el porche.
—¿Es viable? — preguntó sin volverse —. Siempre he pensado que técnicamente nunca lograríamos domesticar semejante fuerza.
— Hay obstáculos técnicos, es verdad — concedió Leó —. Separar el tipo adecuado de uranio no es trivial. Determinar la masa crítica requiere precisión. Pero nada de eso es imposible. Son problemas de ingeniería.
Albert giró lentamente y completó:
— Y cuando algo se convierte en un problema de ingeniería, se convierte en una cuestión de voluntad.
— Y de recursos — añadió Leó —. Y ahora los tienen. Es cuestión de tiempo. Por eso este asunto me ha perseguido hasta aquí.
Albert apoyó las manos en la barandilla.
— Temes que lo más peligroso que hayan construido no sea esa conexión entre ciencia e ingeniería, sino la voluntad política suficientemente férrea para desencadenarla.
— No es una simple hipótesis — respondió Leó —. Es una consecuencia lógica de esa ideología que se está consolidando. Si un régimen se define por la expansión, por la fuerza, por la superioridad, se siente humillado y derrotado y busca venganza, tratará de hallar instrumentos que le den ventaja absoluta.
Albert guardó silencio.
— La Gran Guerra — dijo al cabo — nos enseñó lo que ocurre cuando la técnica se alinea con el orgullo nacional. Es una peligrosa prolongación industrial de la violencia.
— Pero esto podría ser distinto. Instantáneo — replicó Leó —. Una ciudad entera pulverizada en un segundo. Consecuencias letales en el medio y largo plazo para todo su entorno.
Albert cerró los ojos un segundo e inspiró profundamente.
— Hablas de destrucción total.
— Hablo de una escala nueva, de un salto a partir de ahora en el orden de magnitud de todas las guerras.
Albert volvió a sentarse.
— ¿Qué propones?
Leó pareció tomar aliento profundamente antes de contestar.
— Que este país no permanezca ciego. Que investigue. Que se prepare. Que llegue antes.
Albert lo miró con gravedad.
— Eso significa contribuir a la creación del mismo instrumento que temes.
— Lo sé. Es la paradoja central. Un dilema en el que estamos condenados a escoger.
El viento trajo el olor salado del mar.
— Siempre he defendido el desarme — dijo Albert —. Me he opuesto al militarismo incluso cuando era impopular hacerlo. Si estamos en los albores de un nuevo conflicto, mayor razón para reforzar esa postura.
— Lo sé — respondió Leó —. Por eso estoy aquí. Porque, por un lado, ninguna carta iba a persuadirte de lo contrario. Tenía que verte. Pero, por otro lado, porque tu voz no se confundirá nunca con el fervor bélico. Podría escucharse como una advertencia sensata.
Albert sonrió con un matiz de ironía.
— Nunca quise ser símbolo de nada.
— Pero lo eres.
Albert bajó la mirada.
— Si nos sumamos y tomamos parte, puede que dentro de unos años no podamos volver a mirarnos al espejo.
— Si no lo hacemos — contestó Leó —, es posible que no podamos hacerlo de verdad. O que lo que contemplemos sea algo peor.
Albert guardó silencio largo rato. El rumor de la bahía se hizo explícito, como batiendo en los tímpanos que retumbaban con el propio latido de la deliberación.
— Es curioso — dijo al fin —. Hemos pasado la vida buscando leyes universales, y ahora nos enfrentamos a una ley histórica que parece inevitable: cada descubrimiento amplía el alcance del poder humano, y el poder humano acaba siempre siendo violento.
— La capacidad no tiene ética incorporada — dijo Leó —. Es un amplificador. Pero hemos de ponerla al servicio disuasorio de quien no pretenda excluir al resto. Si ellos obtienen primero esta capacidad, seremos rehenes sin negociación posible.
Albert miró el mar.
— Y si la obtenemos aquí, el mundo tampoco volverá a ser el mismo.
— No — admitió Leó —. Pero al menos habremos evitado un desastre y será entonces momento de encontrar un nuevo equilibrio.
Se hizo un silencio más denso que los anteriores.
— ¿Crees de verdad que habrá otra guerra? — preguntó Albert.
— Me temo que sí — dijo Leó —. Y será más rápida, más total. Las democracias se debilitan. Hay un populismo autoritario que está carcomiéndolas. La gente mira con desprecio creciente a quienes piensan distinto a ellos, y está aceptando restricciones en nombre del orden. Media Europa y un sector nada despreciable de este país sonríe admirada por estos movimientos, con una mezcla de entusiasmo y de temor.
Albert asintió.
— La uniformidad es tentadora en tiempos de incertidumbre.
— Promete identidad —dijo Leó—. Y para muchos eso es innegociable.
Albert respiró hondo.
— ¿Qué quieres que haga exactamente?
— Que escribas una carta al presidente. A ti sí te escuchará. Yo soy solo otro inmigrante refugiado. Pero tú podrás hacer valer la exposición clara de los hechos científicos que conocemos y acompañarla de una advertencia sobria. Añadiendo al final la recomendación de crear un comité que investigue y se apresure.
Albert regresó a su asiento, donde había dejado el cuaderno. Lo abrió sobre la mesita del porche y fue apartando las hojas ennegrecidas con apuntes, fórmulas y tachones, hasta que alcanzó una hoja en blanco. Tomó el lápiz y dijo:
— No quiero alarmismos innecesarios.
— Con responsabilidad, pero tampoco dulcifiquemos el riesgo evidente.
Entonces comenzó a redactar una primera frase, y después otra. Leó escuchaba atento, y fue entrometiendo en los silencios de Albert mensajes clave. Albert lo escuchaba, pipa en mano, y le cedía por instantes el lápiz para que construyese una siguiente frase. Prosiguieron hablando, escuchándose y afinando las palabras, discutiendo incluso sobre los adjetivos.
En un momento, Albert dejó el lápiz.
— Recuerdo cuando discutíamos sobre válvulas y presiones — dijo —. Entonces no nos preocupaban los adjetivos.
Leó sonrió con cansancio.
— A veces la historia se bifurca por una coma.
Albert regresó al interior de la casa, y fue a por unos folios para tratar de ordenar los borrones del cuaderno. Fueron pasando a limpio con esmero las frases escogidas en el orden correcto. Habría después que mecanografiarla debidamente. Pero, como un símbolo, Albert ensayó escribiendo su nombre en la hoja final. Y lo miró unos segundos.
— No imaginé que lo pondría al pie de algo así.
Leó recogió las hojas y lo miró con reconocimiento y admiración.
— A veces la coherencia moral exige decisiones incómodas — dijo, recopilando los folios como quien reúne un tesoro entre las manos.
Se estrecharon la mano. La fuerza con que se agarraron contuvo la firmeza de quien se aferra al cabo de un pequeño bote sabiendo que una tormenta se aproxima.
Cuando el coche se alejó, Albert volvió a sentarse en el porche. El mar seguía respirando con la misma calma de siempre. Nada en el paisaje sugería que acababan de iniciar una reacción en cadena que trascendería la física hasta cambiar la historia.
En el verano de 1939, Leó Szilárd visitó a Albert Einstein en Nassau Point, Long Island. Ambos se conocían desde los años veinte en Berlín, donde habían compartido círculos científicos y, más tarde, incluso colaborado en el diseño de un refrigerador sin partes móviles. Les unía algo más profundo que la física: la condición de ser europeos desplazados, judíos que habían visto cómo el clima intelectual y político de Alemania se volvía progresivamente irrespirable. El detonante inmediato de la conversación fueron los descubrimientos de finales de 1938 y comienzos de 1939 en los que Otto Hahn y Fritz Strassmann habían observado productos de fisión en experimentos con uranio, y que Lise Meitner y Otto Frisch interpretaron correctamente como la división del núcleo atómico liberando una cantidad extraordinaria de energía. Tras aquellos descubrimientos, Szilárd comprendió casi de inmediato lo que implicaba y fue creciendo en él el temor de que la Alemania nazi desarrollara primero un arma basada en esa reacción en cadena.
Así acudió a Einstein cuya autoridad científica y su prestigio internacional —avalados entre otras cosas por un Nobel —, le permitirían abrir las puertas que Szilárd — un emigrado reciente y científico menos conocido —, no podía abrir. Tras aquella conversación en Nassau Point, redactaron una carta dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt con una fundamentada advertencia — porque efectivamente los alemanes emprenderían su programa nuclear — para que el gobierno estadounidense organizara una investigación coordinada sobre el uranio, estableciera contactos con científicos y asegurara el acceso a materias primas estratégicas.
La carta se fechó el 2 de agosto de 1939. Sin embargo, su camino hasta el despacho presidencial no fue inmediato. Fue necesario recurrir a intermediarios con acceso político, como el economista y consejero informal Alexander Sachs quien asumió la tarea de entregarla personalmente. Entre agendas saturadas, prioridades diplomáticas y el estallido de la guerra en Europa el 1 de septiembre de ese año tras la invasión de Polonia, la audiencia se retrasó. Finalmente, el 11 de octubre de 1939, Sachs logró reunirse con Roosevelt y presentarle el documento.
El presidente escuchó, pidió aclaraciones y, según relatarían después algunos testigos, no captó de inmediato la magnitud técnica del asunto, pero sí su dimensión estratégica: si existía una posibilidad, aunque fuera remota, de que Alemania desarrollara un arma de aquella potencia inédita, Estados Unidos no podía permitirse ignorarla. Roosevelt desencadenó entonces una serie de órdenes para la creación de un comité asesor sobre el uranio, seguida de un conjunto de decisiones administrativas, presupuestarias y organizativas que, con el tiempo y bajo el impacto creciente de la Segunda Guerra Mundial, evolucionarían hasta convertirse en el Proyecto Manhattan que alumbró en primacía la bomba atómica.
Aquella conversación y aquella carta pusieron en marcha un engranaje institucional que se convirtió en uno de los esfuerzos científicos e industriales más vastos de la historia. Emulando la reacción en cadena que preocupaba a Szilárd y a Einstein, aquella conversación desencadenó una secuencia de decisiones que alteró el equilibrio geopolítico, redefinió la relación entre ciencia y Estado y marcó de forma indeleble el siglo XX y la historia para siempre.
Einstein no participó en el Proyecto Manhattan. Tras la carta de 1939 quedó prácticamente al margen del desarrollo técnico. De hecho, el gobierno estadounidense, consciente de sus reticencias antimilitaristas, no le concedió acceso a información clasificada por considerarlo políticamente poco fiable. Tras el lanzamiento de la bomba en Hiroshima y Nagasaki, declaró que, de haber sabido que Alemania no lograría la bomba, no habría firmado aquella carta. Dedicó sus últimos años a ser un defensor activo del control internacional de la energía nuclear y del gobierno mundial como forma de evitar la proliferación. Pocos meses antes de morir todavía se lamentaba del suceso, indicando que si hubiera sabido que ese miedo no estaba justificado no habría participado en abrir esa caja de Pandora.
Szilárd, en cambio, sí estuvo vinculado al Proyecto Manhattan en sus primeras fases. Trabajó en Chicago con Enrico Fermi en el primer reactor nuclear autosostenido. Cuando la derrota alemana eliminó el motivo original de urgencia, promovió una petición para evitar el uso del arma contra ciudades japonesas con quienes la guerra todavía se mantenía en pie. Pero ya era tarde. La reacción en cadena resultó irreversible. La petición fue bloqueada en la cadena militar. Tras los devastadores estallidos, Szilárd abandonó progresivamente la física nuclear y se orientó hacia la biología molecular y la reflexión política sobre el control armamentístico. Hubo arrepentimiento, aunque quizá no más que en el del universo paralelo en el que los nazis alcanzaron primero la meta.
La reacción en cadena que aquella carta ayudó a desencadenar no fue sólo nuclear. Fue histórica.
Gracias por leerme.




