La recolonización algorítmica del lenguaje
Una historia de justicia poética
Las lenguas son algo más que instrumentos de comunicación. Se comportan como organismos vivos, capaces de adaptarse, de sobrevivir en condiciones adversas y de mutar con el paso del tiempo. Han servido al propósito de los imperios colonizadores como herramientas de administración, jerarquía y dominación simbólica, pero siempre han resultado escurridizas y han escapado por sus intersticios. Han acumulado sedimentos históricos, conservado formas olvidadas y han acabado liberándose de las inercias del poder que las había impulsado, devolviéndoles, de vez en cuando, algún golpe.
El progreso de las tecnologías de la información y las comunicaciones les ha brindado en nuestros días la forma catalizada de propagarse aceleradamente como un contagio. Así, en esta era digital, mediadas ahora por infraestructuras algorítmicas que operan sin conciencia y a veces sin intención política, esas lenguas han devuelto a las metrópolis de aquellos imperios, transformadas, las huellas de su propio desplazamiento. Esta es una historia de ese retorno: una genealogía en la que colonialismo, tecnología y lenguaje se entrelazaron hasta producir una forma inesperada de justicia poética.
Estudios poscoloniales
Los estudios poscoloniales surgieron a finales del siglo XX como una tentativa de revisar críticamente la herencia del colonialismo más allá de la descolonización formal. Su punto de partida era sencillo y perturbador: aunque los imperios se disuelvan, las estructuras mentales, lingüísticas y epistémicas del dominio persisten. Segregación, servilismo, victimismo, baja autoestima. El colonialismo no fue solo una empresa militar o económica, sino una gigantesca operación de producción de sentido. Clasificó pueblos, jerarquizó culturas, normalizó lenguas y estableció qué formas de conocimiento merecían ser consideradas universales.
Estos estudios poscoloniales se propusieron desmontar de forma transversal — entre filósofos, críticos de la cultura, antropólogos, sociólogos y pensadores de toda filiación — esa gramática profunda del poder, prestando atención al lenguaje, a los relatos históricos y a las instituciones que siguen reproduciendo asimetrías en un mundo formalmente globalizado.
Entre sus principales voces, el campo articula una genealogía reconocible. Fue Edward Said quien probablemente inauguró el enfoque mostrando cómo Occidente construyó discursivamente el concepto de “Oriente” como objeto pasivo de conocimiento, revelando que saber y poder avanzan entrelazados. Frantz Fanon introdujo una dimensión existencial y psicológica: el colonialismo no solo explota cuerpos, sino que fractura subjetividades, generando identidades alienadas. Gayatri Chakravorty Spivak llevó la sospecha al límite al preguntarse si el subalterno puede realmente hablar sin ser traducido por categorías ajenas. Y Homi K. Bhabha enriqueció el panorama con su noción de hibridez, mostrando que la relación colonial no produce sólo dominación, sino también ambigüedad, reapropiación y mestizaje cultural. A ellos se sumaron pensadores como Achille Mbembe, que conectó colonialismo, biopolítica y globalización contemporánea, o Aníbal Quijano, con su influyente concepto de “colonialidad del poder”. Todas estas ideas recibieron críticas, pero todas fueron de alguna forma fecundas para pensar.
Como en cualquier intento de restitución de las víctimas, el propio campo ha quedado atravesado por tensiones internas difíciles de ignorar. Los estudios poscoloniales denuncian la hegemonía occidental, pero lo hacen a menudo desde universidades occidentales, en inglés académico y mediante marcos conceptuales heredados de la filosofía europea. Al mismo tiempo, pretenden despojar de toda universalidad a esos mismos fundamentos que occidente brindó y que nutren los mismos derechos humanos que también amparan a las víctimas históricas en las colonias y a sus descendientes. Por otro lado, la crítica al eurocentrismo corre el riesgo de institucionalizarse como discurso de élite, más simbólico que material. La sombra de la ideología woke se proyecta sobre sus reivindicaciones, que se apropian indebidamente un estatuto de víctima que no les pertenece con tal de alardear de superioridad moral. Además, su énfasis en el análisis cultural y discursivo ha sido acusado de diluir las desigualdades económicas concretas que siguen estructurando la globalización. Aun así, su principal virtud en cierto modo permanece: demostrar que el poder no solo se ejerce con leyes o mercados, sino con palabras, categorías conceptuales y silencios.
En este contexto, y siguiendo un marco también literario, casi teatral, hemos visto en los últimos años armarse una historia, representada en unos pocos actos, que da un giro lingüístico, histórico y tecnológico a este proceso de descolonización. Una historia en medio de un mundo donde los algoritmos empiezan a mediar la circulación global del lenguaje y que nos deja en los labios una sonrisa irónica.
Una historia de justicia poética en siete actos
Acto primero
Como tantas otras potencias europeas, los colonos ingleses no se limitaron a ocupar territorios o explotar recursos: portaron un legado cultural completo e inocularon su idioma allí donde se asentaron. El inglés se introdujo como lengua de la administración, del comercio y de la educación, desplazando o subordinando lenguas locales. En la India británica, tras la famosa Minute on Indian Education de 1835 impulsada por Thomas Babington Macaulay, el inglés se convirtió en vehículo privilegiado de acceso al funcionariado y al ascenso social, creando una élite anglófona que medió entre el Imperio y la población local. En África, procesos similares se repitieron en territorios tan diversos como Nigeria, Kenia o Sudáfrica, donde el inglés se impuso como lengua franca entre comunidades lingüísticamente fragmentadas.
A finales del siglo XIX, el Imperio británico gobernaba directa o indirectamente cerca del 25 % de la población mundial, y el inglés pasó de ser una lengua insular a convertirse en una infraestructura global del poder, asociada a modernidad, autoridad y legitimidad institucional. La pujanza geopolítica como potencia mundial de las antiguas trece colonias convertidas en los EEUU contribuyó decisivamente a consolidar y expandir ese proceso, al convertir el inglés no solo en lengua imperial heredada, sino en idioma de referencia del comercio internacional, la diplomacia, la ciencia y, más tarde, de las tecnologías de la información. El relevo hegemónico entre el Imperio británico y Estados Unidos no supuso una ruptura lingüística, sino una continuidad ampliada: el inglés dejó de ser únicamente la lengua de un imperio territorial para transformarse en la lengua de un orden global emergente.

Acto segundo
Tras largos procesos de descolonización política, estas antiguas colonias se independizaron como Estados soberanos, pero no se desprendieron del inglés. La lengua del antiguo dominador permaneció como idioma oficial o cooficial por razones prácticas y estructurales: facilitaba la administración, el acceso al comercio internacional y la cohesión interna en territorios marcados por una profunda diversidad lingüística. En la India independiente, el inglés se mantuvo como lengua puente entre cientos de idiomas y como herramienta de continuidad institucional; en Nigeria, con más de quinientas lenguas vivas, cumplió una función similar tras la independencia de 1960; en Kenia o Ghana, siguió siendo la lengua del sistema educativo y jurídico.
Este uso prolongado fue inevitablemente transformando el idioma: surgieron variedades nacionales — Indian English, Nigerian English, Kenyan English — con léxicos propios, giros semánticos locales y pronunciaciones distintivas. A mediados del siglo XX, decenas de millones de hablantes empleaban ya un inglés que no era mera herencia colonial, sino una lengua funcionalmente apropiada, adaptada a contextos sociales, políticos y culturales ajenos a la antigua metrópoli.
Acto tercero
Algunos de estos particularismos del inglés incluyeron la conservación de viejos arcaísmos que habían caído en desuso en las metrópolis. Mientras el inglés británico y, más tarde, el estadounidense tendieron a simplificar léxico y registros en el siglo XX, muchas variedades periféricas preservaron vocablos, giros y usos heredados del inglés imperial. En el del subcontinente indio o de África occidental sobrevivieron términos formales y expresiones retóricas que en Londres o Nueva York pasaron a considerarse arcaicas o excesivamente literarias.
Estudios sociolingüísticos mostraron que estas conservaciones no respondieron a inmovilismo cultural, sino a trayectorias educativas distintas: manuales, exámenes administrativos y sistemas jurídicos coloniales fijaron durante décadas un inglés normativo que evolucionó por otras vías y, en ocasiones, con mayor lentitud. Así, palabras y estructuras que desaparecieron del habla cotidiana de la metrópoli permanecieron activas en contextos administrativos, académicos y profesionales de las antiguas colonias, convirtiendo a estas variedades en auténticos archivos vivos de etapas previas del idioma. Pero lejos de convertirse en una simple anécdota lingüística, esta separación serviría para articular una recolonización lingüística inadvertida a través del entrenamiento de los modelos de inteligencia artificial.
Acto cuarto
Hace unos pocos años, cuando la revolución del deep learning echaba a rodar y la ingesta masiva de textos de Internet prometía grandes logros en la generación verosímil de lenguaje, surgió la necesidad de supervisar y corregir los primeros resultados para depurar la maquinaria y ajustar el balance ponderado de los nodos en las redes neuronales profundas. La mano de obra barata y anglófona de aquellas antiguas colonias fue, una vez más, movilizada para revisar respuestas y entrenar los nuevos modelos de IA mediante aprendizaje por refuerzo. Miles de trabajadores en países como Kenia desempeñaron estas tareas para grandes compañías tecnológicas, percibiendo salarios de apenas unos pocos dólares por hora y expuestos de forma continuada a contenidos problemáticos, violentos o moralmente perturbadores. Nada nuevo en las inercias del viejo colonialismo occidental.
El movimiento, sin embargo, se presentó a plena luz del día revistiéndose de un cierto barniz de crítica poscolonial e inclusiva: dado que los textos publicados en Internet estaban sobrerrepresentados por la perspectiva y la dicción de poblaciones del Reino Unido, Estados Unidos, Canadá o Australia, y arrastraban sesgos culturales evidentes, se argumentó que recurrir a revisores africanos o indios permitiría corregir expresiones del inglés que no resultasen suficientemente representativas de un idioma global.
Acto quinto
En la práctica, sin embargo, este proceso introdujo un efecto inesperado. En sus correcciones, los revisores tendieron a señalar y legitimar vocablos y giros heredados de tradiciones periféricas del inglés — palabras como “delve”, “explore”, “tapestry”, “testament” o “leverage” — que resultaban inusuales en el inglés dominante de Internet, pero habituales en registros formales de comunidades históricamente marginadas. Estos trabajadores no se limitaban a evaluar la corrección factual o la ausencia de sesgos ofensivos, sino que ponderaban el tono, la cortesía y el registro lingüístico, favoreciendo un inglés formal, elaborado y normativamente correcto, en muchos casos más cercano al inglés administrativo heredado del periodo colonial que al inglés coloquial contemporáneo de la red. De este modo, una operación concebida para mitigar sesgos culturales terminó amplificando rasgos lingüísticos periféricos dentro del propio núcleo algorítmico.
La historia ofrecía precedentes elocuentes. Algo similar había ocurrido con el latín medieval, conservado con rigor en los monasterios irlandeses cuando Roma había abandonado su uso cotidiano. En el caso de la IA, ese mismo mecanismo se reprodujo a escala algorítmica y acelerada: las expresiones preservadas en los márgenes fueron incorporadas como señales de calidad por los modelos y comenzaron a reaparecer de forma sistemática en sus respuestas. Así, la IA adoptó estas viejas expresiones y empezó a reutilizarlas en su generación de textos, reintroduciéndolas en la conversación cotidiana de los usuarios de las antiguas metrópolis, que adoptaron la tecnología de forma masiva sin advertir que, con ella, regresaba también un inglés desplazado por la propia historia.
Acto sexto
En recientes m estudios hemos sabido, sorprendentemente, que el uso masivo de la IA no solo ha alterado los contenidos producidos en textos o presentaciones que generamos, sino los propios discursos de los hablantes. Por ejemplo, unreciente estudio ha documentado que, a medida que los textos generados por modelos de lenguaje han comenzado a circular y a reutilizarse a gran escala, estos han empezado a influir en la forma de escribir y expresarse de los humanos. El estudio ha mostrado que, cuando los modelos se entrenaron de forma iterativa con textos que ya incorporaban salidas previas de IA, se produjeron fenómenos de homogeneización estilística, pérdida de diversidad léxica y exageración de ciertos patrones retóricos.

En términos históricos, el proceso recuerda a otros momentos en los que tecnologías dominantes moldearon el discurso: la estandarización del lenguaje administrativo tras la invención de la imprenta, la simplificación retórica inducida por el telégrafo en el siglo XIX o la economía expresiva impuesta por los primeros formatos digitales. No en vano Nietzsche reconocía que la máquina de escribir había influido en la concisión de sus frases. En este nuevo ciclo, la IA está reproduciendo el lenguaje heredado pero también ha comenzado a actuar como fuerza normativa, influyendo en cómo escribimos periodistas, estudiantes, profesionales y usuarios cotidianos, cerrando así un bucle en el que los hablantes está pasando progresivamente a imitar a la máquina que, en origen, había sido entrenada para imitarlos.
Acto séptimo
El círculo se ha cerrado con una ironía histórica difícil de ignorar. La antigua metrópoli occidental ha terminado siendo recolonizada lingüísticamente desde las antiguas colonias, no mediante ejércitos ni administraciones, sino a través del algoritmo. Lo que durante siglos fluyó desde el centro hacia la periferia ha regresado transformado y legitimado ahora por la autoridad estadística de la máquina. El inglés que la IA devolvió a Londres, Nueva York o San Francisco ya no es exactamente el suyo: arrastra cadencias, léxicos y registros que sobrevivieron fuera del foco metropolitano. No hay, desde luego, forma alguna de justicia restitutiva, ni moral, ni deliberada, para estas regiones que arrastran males poscoloniales perdurables. Pero sí es una suerte de justicia poética, emergente. Nadie la planeó, nadie la reivindicó, pero se produjo. Una justicia poética en estado puro.
Gracias por leerme.






Hola!
Muy elegante. Una ironía histórica genuina.
Y para cuándo el octavo acto? Claro, las lenguas siguen siendo sistemas complejos y adaptativos, pero el motor biológico ya está siendo sustituido. La gente joven ya lee menos y delega cada vez más la producción textual a LLMs que tienden a la media estadística.
La justicia poética fue posible porque había humanos en el loop durante el RLHF. Los últimos modelos ya prescinden de ellos, usan datos sintéticos generados en pre-entrenamiento, retroalimentación sintética (RLAIF), o destilan modelos preexistentes (Deepseek y Minimax de Claude 4.5, por ejemplo).
En el mejor de los casos, será una transición de fase a una escala de mayor complejidad lingüística. Una simulación (o traducción de la realidad) dentro de otra...
Que interesante, super completo y muy ameno.Muchas gracias