Nacer bajo Afar no fue azar
Una especie que nació y se especializó en la única constante: el cambio
Solemos pensar que nacemos por azar en cualquier lugar. Pero nuestra identidad está indisolublemente ligada al lugar en el que nacemos. El lugar, en gran medida, determina quiénes somos. Y esto no es distinto si pensamos en el propio nacimiento de la especie humana. Un nacimiento que nos dice mucho de nuestra naturaleza y del mejor partido que se le puede sacar. No es un mantra que sólo repiten los coaches y facilitadores que agilizan las organizaciones, es un principio que se remonta hasta el propio Heráclito: la única constante es el cambio. Sólo quienes se adaptan a él sobreviven. Y nuestra especie nació precisamente de él.
De todos los lugares del planeta en los que las estirpes de nuestros antepasados pudieron surgir hubo una región en la que se concentraron. Australopithecus, Homo habilis, Homo erectus y otros homínidos tempranos surgieron en una franja geográfica amplia pero determinada que se extiende por África oriental y meridional. A pesar de su extensión, la región tiene un eje razonablemente claro en el consenso de los paleontólogos: el corredor tectónico que hoy conocemos como el Gran Valle del Rift. Allí aparecen los restos más antiguos, las transiciones más ricas y las primeras huellas inequívocas de bipedestación prolongada y uso sistemático de herramientas.
En esa misma franja temporal y geográfica se suceden, además, algunos de los hitos fundamentales de nuestra genealogía: Australopithecus anamensis (hace unos 4,2 millones de años), Australopithecus afarensis —la célebre Lucy— (3,9–3 millones), Australopithecus africanus (3–2 millones), Homo habilis (2,4–1,6 millones), Homo erectus/ergaster (desde hace unos 1,9 millones) y, ya mucho más tarde, los primeros Homo sapiens arcaicos. No se trata de una simple acumulación de especies, sino de una secuencia densa, casi continua, de experimentación evolutiva concentrada en un mismo escenario. Pero no porque no se desplazaran.
Desde allí surgieron las primeras migraciones hacia le resto del planeta. Los Australopithecus y Homo habilis parece que apenas se desplazaron fuera de la región. Pero después llegaron los grandes viajeros del linaje capaces de expandirse por África y fuera de ella, siguiendo corredores ecológicos relativamente estables, comenzando por el Homo erectus hace casi dos millones de años hasta colonizar Eurasia1. Siguieron rutas costeras y fluviales, allí donde la geografía ofrecía pasos naturales, diversidad de recursos y presión adaptativa constante. Las migraciones humanas, lejos de cualquier épica de progreso, se dieron como una respuesta pragmática a la inestabilidad: moverse era, simplemente, sobrevivir. Finalmente, partiendo de ese mismo origen, aparecerían los Homo sapiens como el resultado acumulado de millones de años de ensayo y error en un entorno que nunca dejó de cambiar. Desde allí, la única especie Homo superviviente en la actualidad, acabó imponiéndose2 y colonizando la práctica totalidad de planeta:

¿Qué hizo de aquella región primigenia una fragua de seres vivos cuyos cerebros resultaban cada vez más capaces de anticipar, aprender y adaptarse hasta colonizar el globo entero?
Un lugar improbable
La mayoría de los fósiles más antiguos atribuibles a nuestra especie se concentran en África oriental, a lo largo del Gran Valle del Rift, con ejemplos conocidos como los del Omo Kibish o los resto de Herto, aunque el debate sigue abierto3. La puerta de salida de aquel valle hacia el resto de planeta se encuentra en el Triángulo de Afar, una región que parece más una herida abierta del planeta que un lugar singularmente apto para el florecimiento humano. Sobre aquel triángulo escribía Miguel García Álvarez:

Ese triángulo o depresión de Afar es la región del Cuerno de África donde se unen las dorsales del mar Rojo y el golfo de Adén con el Gran Valle del Rift. En ella confluyen tres placas tectónicas4 que se encuentran en movimiento desplazándose varios milímetros al año, tal y como muestran las flechas del mapa.
Durante mucho tiempo se insinuó que el hecho de que los restos de nuestro linaje se acumularán en toda aquella región coronada por Afar era fruto del azar o del sesgo arqueológico. Excavamos allí porque sabíamos que había fósiles, y encontramos fósiles porque excavamos allí. Pero el argumento ya no se sostiene. Cuando fósiles, genética, paleoclima y geología apuntan en la misma dirección, el azar pierde poder explicativo. Afar y todo el valle del Rift no fueron un refugio amable ni una cuna idílica. Fueron un entorno duro, cambiante y fragmentado. Y precisamente por eso fue fértil. Allí no se seleccionó al más fuerte, sino al más capaz de reinventarse.
Una geología que fragmenta y selecciona
La región tiene, en primer lugar, una singular circunstancia geológica: la convergencia de tres placas tectónicas en separación activa constituye una singularidad en la tierra. No es una metáfora: el continente africano se está partiendo ante nuestros ojos, aunque sea a una velocidad apenas perceptible. Esto explica que en la región haya existido un elevado vulcanismo. Rift, fallas, volcanes, subsidencias y elevaciones rápidas han remodelado el paisaje una y otra vez durante millones de años. Desde el punto de vista evolutivo, esta geología que observamos detenida a la escala histórica a la que nos movemos es tremendamente dinámica y actúa como una máquina de generar aislamiento y reconexión: poblaciones separadas durante miles de años vuelven a encontrarse, intercambian genes, compiten y se transforman.
Autores como Tim White5 o Chris Stringer6 han insistido en que este contexto geológico favorece procesos de especiación complejos, no lineales, difíciles de replicar en regiones geológicamente estables. La fragmentación del terreno crea un mosaico de nichos temporales. No hay una solución óptima permanente. Cada adaptación queda obsoleta tarde o temprano. La inteligencia, entendida como capacidad de ajustar conductas sin esperar a que lo haga el cuerpo, se convierte así en una ventaja evolutiva decisiva. El crecimiento de la información que nos hizo humanos juega un papel especialmente relevante. No triunfan los que han hallado la mejor solución adaptativa en un contexto estable, sino aquellos que han desarrollado una capacidad para aprender a aprender en ese contexto geológicamente convulso.
El clima como maestro severo
A la inestabilidad geológica se suma un clima igualmente errático. Durante el Pleistoceno, África oriental experimentó oscilaciones climáticas rápidas y profundas: ciclos de aridez extrema seguidos de períodos húmedos, expansión y contracción de lagos, alternancia entre sabana abierta y vegetación más densa. Richard Potts7 formuló a partir de estos datos la hipótesis de la selección por variabilidad, según la cual la evolución humana no respondió a un entorno climático concreto, sino a la necesidad de sobrevivir en entornos cambiantes. Nuevamente, el cambio alojado al fondo de nuestra forja.
Este clima no premiaba la especialización extrema. Penalizaba a quienes dependían de una dieta rígida, de un territorio concreto o de una pauta de comportamiento invariable. En su lugar, favorecía la flexibilidad conductual, la cooperación social y la capacidad de anticipar escenarios. Por lo que parece, el clima del Rift no fue un telón de fondo: fue un agente activo de selección, un instructor implacable que contribuyó a entrenar los cerebros de nuestros ancestros en la constante del cambio.
La ecología de los bordes
La región, por otro lado, no presenta ecosistemas homogéneos. Al contrario, está densamente poblada por zonas de transición: entre altiplanos y depresiones, entre interior continental y rutas costeras, entre humedales temporales y regiones áridas. La ecología llama a estos espacios zonas de borde, y sabe bien que suelen ser focos de diversidad y de innovación. Vivir en un borde implica enfrentarse a múltiples fuentes de alimento, amenazas variadas y oportunidades cambiantes.
En estos entornos, la cooperación se vuelve estratégica. Ser capaces de hallar un equilibrio entre competir y cooperar, dividiendo tareas y transmitiendo el conocimiento adquirido se convierten en una ventaja selectiva diferencial. Que los Sapiens florecieran allí no parece una casualidad: La cultura comenzó a funcionar como una prótesis evolutiva que les permitió adaptarse más rápido de lo que lo haría la genética por sí sola. De hecho, estudios paleoecológicos del Rift8 muestran que esta diversidad de paisajes coexistía a escalas sorprendentes, obligando a los grupos humanos a leer señales complejas y a ajustar su comportamiento casi en tiempo real. Ese aprendizaje fue después exportado al resto del globo, manteniendo siempre un equilibrio inestable que ha llegado hasta nuestros días.
El óptimo de la diversidad
Hay un dato que rara vez falla en biología evolutiva: donde hay mayor diversidad genética, suele estar el origen. África oriental sigue siendo hoy la región con mayor diversidad genética humana del planeta. Todas las poblaciones no africanas descienden de un subconjunto reducido de esa variabilidad original, exportado en sucesivas oleadas migratorias. La genética confirma así lo que sugieren los fósiles: los Sapiens nacieron en un entorno donde la recombinación, el mestizaje y la adaptación eran constantes. Y de su flexible combinación fueron desplazándose grupos cada vez menos representativos del conjunto.
Pero esta diversidad tiene algo de lujo estadístico. Si se diversifica en exceso se corre el riesgo de que la especie — o cualquier grupo en general — no acabe contando con el suficiente número de ejemplares con los que sobrevivir a un cambio que provoque una presión evolutiva muy fuerte en una dirección determinada. Por eso, la humanidad — y la inmensa mayoría de las especies — ha progresado encontrando ese óptimo en la diversidad desde sus orígenes. Si el resto de especies se concentra en su diversidad genética, en el caso de la especie humana la presión se añade sobre la emergente esfera cultural: Cierta homogeneidad es imprescindible para garantizar un nivel aceptable de cohesión y de masa crítica para la supervivencia; pero preservar una reserva de variabilidad es imprescindible para la exploración y la innovación. Como un archivo de soluciones frente a la incertidumbre.
Sin embargo, en sus orígenes, aquella reserva experimental resultó especialmente alta: cuanto más diverso es un sistema, más caminos tiene abiertos cuando el entorno cambia. La humanidad heredó de la región bajo Afar no una forma corporal perfecta, sino un repertorio amplio de respuestas posibles. Acarrear con ese repertorio — genético y cultural — de forma controlada ha sido probablemente una de sus mejores herencias evolutivas. El tesoro que se llevó partiendo de Afar.
Adaptarse al cambio
Como se repite hasta la saciedad, cuentan que Heráclito afirmó que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. No porque el río se mueva, sino porque quien entra en él ya no es el mismo. Panta rei: todo fluye. La realidad no es una colección de cosas estables, sino una coreografía de procesos. Para el pensador de Éfeso, aferrarse a lo fijo era una ilusión peligrosa porque el mundo se define por el cambio, y vivir consiste en aprender a habitarlo en esa inquietud.
Muchos siglos después, Charles Darwin formularía una intuición sorprendentemente afín desde otro lenguaje. La selección natural no premia al más fuerte ni al más inteligente, sino al más apto, y esa aptitud no es otra cosa que la capacidad de adaptarse a condiciones cambiantes. Las especies que sobreviven en entornos cambiantes no son las que optimizan una solución perfecta, sino las que conservan suficiente plasticidad para reajustarse cuando el entorno muta.
Cuando acudimos al origen de nuestra especie con estos mimbres, observamos que si hay un rasgo que atraviesa toda nuestra historia no es la inteligencia entendida como cálculo frío ni la técnica como acumulación de herramientas. Ni siquiera la empatía que nos hace seres brutalmente sociales y cooperativos. Es la capacidad de adaptación al cambio, lo que sin duda exige intercambio de información y cooperación y, desde luego, la capacidad para plasmar esa información en la complejidad material de la tecnología. El Homo sapiens no fue diseñado para un mundo estable. Surgió, precisamente, donde la estabilidad era una quimera. Por eso nuestra identidad no se ancla en un nicho, sino en la posibilidad de desplazarnos entre ellos. Somos hijos de la grieta, del temblor, del paisaje que no se deja fijar.
Quizá por eso, a pesar la docilidad con la que nos arrimamos a los sistemas que nos dan calor y nos aborregan, se halla en nosotros también una inquietud inevitable y un rechazo visceral a los sistemas y los mundos demasiado ordenados, totalitarios, bajo promesas de control absoluto. Nuestra inteligencia nació para navegar la incertidumbre, no para abolirla. Para sentirse libre, al margen de que lo sea. Toda la región bajo Afar no fue un accidente geográfico en nuestra historia: fue su gramática profunda. Allí aprendimos que sobrevivir no consiste en imponerse al mundo, sino en aprender a cambiar con él. Y tal vez esa siga siendo, hoy, nuestra tarea más difícil.
Gracias por leerme.
A partir de esas poblaciones eurasiáticas derivarían más tarde los neandertales y los denisovanos, como linajes regionales adaptados durante cientos de miles de años a entornos muy distintos del africano.
El encuentro de los Homo sapiens con otras especies homínidas que ya habían emigrado desde África — neandertales, denisovanos y otros grupos arcaicos — supuso competencia, intercambio y mestizaje. Hubo sustitución demográfica e hibridación genética, transferencia de adaptaciones locales y aprendizaje mutuo. Y aunque no hubiera exterminio puro, los Sapiens prevalecieron por una combinación singular de flexibilidad cognitiva, cooperación social ampliada y capacidad de integrar y superar soluciones evolutivas ajenas.
Existen otros restos de una logenvidad considerable. Por ejemplo, de una datación similar se encuentra el de Djebel Irhoud, aproximadamente a 100 kilómetros al oeste de Marrakech en Marruecos, o el cráneo de Florisbad en Sudáfrica. No obstante, la concentración de restos en el valle del Rift sigue siendo la hipótesis favorita de los paleontólogos.
Entre el mar Rojo y el golfo de Adén se sitúa la placa Arábiga; entre el mar Rojo y el valle del Rift está la subplaca Nubia (parte de la placa Africana), y entre el golfo de Adén y el valle del Rift se encuentra la subplaca Somalí (parte de la placa Africana).
White, T. D., Asfaw, B., Beyene, Y., Haile-Selassie, Y., Lovejoy, C. O., Suwa, G., & WoldeGabriel, G. (2003). Pleistocene Homo sapiens from Middle Awash, Ethiopia. Nature, 423(6941), 742–747. https://doi.org/10.1038/nature01669.
Stringer, C. (2016). The origin and evolution of Homo sapiens. Philosophical Transactions of the Royal Society B, 371(1698), 20150237. https://doi.org/10.1098/rstb.2015.0237.
Potts, R. (1998). Variability selection in hominid evolution. Evolutionary Anthropology, 7(3), 81–96. https://doi.org/10.1002/(SICI)1520-6505(1998)7:3<81::AID-EVAN3>3.0.CO;2-A; y también Potts, R. (2013). Hominin evolution in settings of strong environmental variability. Quaternary Science Reviews, 73, 1–13. https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2013.04.003.
Por ejemplo Trauth, M. H., Maslin, M. A., Deino, A., & Strecker, M. R. (2005). Late Cenozoic moisture history of East Africa. Science, 309(5743), 2051–2053. https://doi.org/10.1126/science.1112964; y también Trauth, M. H., et al. (2007). High- and low-latitude forcing of Plio-Pleistocene East African climate and human evolution. Journal of Human Evolution, 53(5), 475–486. https://doi.org/10.1016/j.jhevol.2007.07.009.



Muy interesante, como siempre.
Permíteme que me centre en ese mapa que has rescatado al comienzo de tu texto. Siempre me ha gustado lo bien que sirve el mapa Dymaxion (también llamada proyección de Fuller) para el propósito de mostrar la población humana del planeta. Cualquier otra proyección sería totalmente fallida, sobre todo por lo que nos cuesta (al ser humano en general) entender lo que es un mapa y sus limitaciones espaciales.
Algún día tendré que escribir sobre eso más en detalle. :)
El cambio como capacidad de adaptación, resolver problemas, compartir, inventar, voluntad de sobrevivir pese a todo, ir más allá...