Isaac nació sietemesino el día de Navidad. Aquel mismo año, Galileo se había despedido, dejando huérfana a la nuova scienza, aquella filosofía natural que hallaba prodigios en la naturaleza al matematizarla. Nadie intuyó que Isaac estaría destinado a tomar su relevo y a enjugar esa orfandad. Ni siquiera él mismo, que pareció empeñado en atender otro camino, en trazar su propia curva. Que su nacimiento sobreviniera un día de Navidad le predispuso más bien a creer otra cosa.
Vio la luz en una granja de Woolsthorpe, en el seno de una familia humilde. Y nació tirillas. Era tan sumamente enclenque que habría cabido en un cazo de apenas un litro. Nadie apostó por que fuera a sobrevivir. Pero habría merecido la pena aceptar la apuesta, porque al final tardaría algo más de ochenta y cuatro años en satisfacer aquellas perspectivas tan macabras.
Sin embargo, ese carácter enclenque tuvo un lado positivo, ya que permitió que fácilmente fuera reconocido como sietemesino. Y eso era muy conveniente, porque sus padres se habían casado ocho meses antes, en abril, de forma que así podía alejarse la sospecha de que su concepción hubiese sido prematrimonial y de mal gusto para la ortodoxia de la época. Años después, habiendo alcanzado fama y prestigio, se preocupó de comunicar al Colegio de Heráldica que la boda de sus padres había tenido lugar tres años antes, una fecha con amplio margen para hacer las cosas como Dios manda.
Nació, sin embargo, ya huérfano, porque su padre había fallecido apenas tres meses antes. Y la cosa empeoró porque, tres años después, su madre se casó con el cura de un pueblo próximo y se fue a vivir con él, dejando al pequeño Isaac al cuidado de sus abuelos. Eso generaría en él un resquemor que le hizo desear en más de una ocasión — como luego confesaría arrepentido — quemar la rectoría en la que el cura y su madre vivían. A distancia, debía de ser posible conjurar tales fenómenos.
El resquemor se extendió tanto en él que en sus memorias ni siquiera mencionó ni a su abuela ni a su abuelo, quien en recompensa lo desheredó. En la escuela no simpatizó nunca con los niños, que con facilidad se aprovechaban de su debilidad. Prefería más bien jugar con las niñas, a las que les fabricaba pequeños muebles para las muñecas, pues era habilidoso con las manos. Llenaba su habitación de herramientas y fabricaba objetos de todo tipo, como maquetas y réplicas de relojes solares o molinos de viento que mejoraban a los originales, incluyendo el impulso de un ratón, su pequeño ratón molinero. A ellos sumó todo tipo de artilugios, como un carro de cuatro ruedas que impulsaba con una manivela desde su interior, o una linterna de papel plegado que usaba para llegar a la escuela en los oscuros días de invierno. Además, jugaba a atarla a la cola de una cometa para asustar a los vecinos durante la noche. Al distraerse con estas invenciones, desatendía sus tareas escolares, y eso le suponía perder puestos. Pero Isaac tenía sus pasiones y, en cuanto las dejaba a un lado para volver al estudio, recuperaba las posiciones perdidas para irritación de todos.
De hecho, estas cometas eran otro de sus pasatiempos. Las fabricaba calculando sus proporciones ideales, y trataba de ganarse la amistad del resto de compañeros regalándoles linternas semejantes, pero su superioridad les hacía sentirse alejados. Jugando con el viento, este niño repelente llegó a demostrar que podía medir la fuerza de una tormenta y a ganar a un juego de saltos por un pie de diferencia, gracias a aprovechar el que soplaba de cola. Su capacidad cognitiva lo hacía sospechoso para el resto, y en ocasiones insoportable, aunque cuando quiso, supo usar ese otro viento a su favor.
Con dieciocho años quedó patente que la vida en la granja no era para él, y fue enviado a Cambridge, donde el trabajo intelectual prometía ofrecerle mejores perspectivas. Allí en Cambridge entró como subsizar, una categoría que le evitaba pagar a cambio de realizar algunas tareas de criado. Tampoco allí hizo grandes amistades con los compañeros, pero sí se enfrascó leyendo con fruición a algunos autores muertos, imitando su pasión por la Verdad. Tras haberles hincado el diente a los clásicos, con veintidós años, dejaba escrito en uno de sus cuadernos de notas:
“Amicus Aristotelis, amicus Plato: magis amica Veritas”.
Amigo de Aristóteles, de Platón… pero más amigo de la verdad. Porque, aunque las regulaciones de la universidad insistían en ellos, especialmente en el prolífico Estagirita, iban perdiendo fuerza. Muchos autores mecánicos y matemáticos comenzaban a independizar su discurso de la herencia aristotélica. Así leyó con sumo interés a Descartes, Gassendi, Hobbes, Galileo, F. van Schooten, T. Streete, J. Wilkins, F. de Viète y a su querido tocayo Isaac Barrow, a cuyas conferencias sobre generación de curvas con el movimiento atendía. Él debía trazar la suya propia.
En solo dos años, cuando apenas rozaba el cuarto de siglo, pasó de estudiar con detenimiento las obras de otros a pensar en sus propios problemas y soluciones. Entonces fue cuando, según la hagiografía más épica, Isaac se convirtió en Newton, concentrando su transformación definitiva en aquel año mágico de 1666 cuando la universidad tuvo que cerrar debido a una peste. Newton tuvo que regresar a su casa de Woolsthorpe, donde, sin libros ni preocupaciones, se dedicó a ordenar sus ideas y a ver caer manzanas, según aquella famosa tradición. Porque de la necesidad surge tantas veces la innovación. Y, entonces, de una tacada, encerrado como en una pandemia, descubrió el cálculo, la teoría corpuscular de la luz y la gravitación universal. Ahí es nada. Fue lo que se conoce como su annus mirabilis, su año milagroso. Así dejaba escrito:
“Hallé el método [de fluxiones] por grados en los años 1665 y 1666. A comienzos de 1665 hallé el método de aproximar series y la regla de reducir cualquier potencia de un binomio a dichas series. En mayo del mismo año hallé el método de tangentes de Gregory y Slusius, y en noviembre tenía el método directo de fluxiones, y en enero del año siguiente, tenía la teoría de los colores, y en el siguiente mes de mayo tuve acceso al método inverso de fluxiones. También el mismo año comencé a pensar que la gravedad se extendía hasta la órbita de la Luna, y habiendo hallado cómo estimar la fuerza con la que un globo que gira dentro de una esfera presiona la superficie de la esfera, de la ley de Kepler, según la cual los tiempos periódicos de los planetas están en proporción sesquiáltera [x3/2] de sus distancias desde el centro de sus órbitas, deduje que las fuerzas que mantienen a los planetas en sus órbitas han de ser inversamente como los cuadrados de sus distancias a los centros sobre los que giran. Y gracias a ello comparé la fuerza precisa para mantener a la Luna en su órbita con la fuerza de la gravedad en la superficie de la Tierra, y hallé que encajaban con bastante exactitud. Todo esto era en los dos años de la peste de 1665 y 1666, pues en aquellos días me hallaba en la flor de la edad para la invención y me preocupaba por las matemáticas y la filosofía más de lo que lo hiciera desde entonces.”
Estas imágenes de los cuadernos de Newton muestran dos de las líneas de trabajo más revolucionarias de la ciencia moderna. En las dos primeras, los diagramas geométricos y largas derivaciones algebraicas reflejan sus esfuerzos por calcular cómo cambian las magnitudes en el tiempo mediante el método de las fluxiones, precursor del cálculo diferencial e integral, esencial para describir las órbitas planetarias. La tercera imagen representa su experimento óptico más famoso, el llamado experimentum crucis o “experimento crucial” realizado con prismas y mediante el que mostró que la luz blanca está compuesta por rayos de distintos colores con diferente refrangibilidad. Todo encerrado en su habitación por la epidemia de peste.
Cuando salió del hoyo, sin embargo, siguió tan reservado como siempre, y tampoco hizo especial alarde de sus hallazgos. Sin embargo, era difícil que sus méritos permanecieran ocultos. De modo que en 1667, con veinticuatro años, fue nombrado miembro del Trinity College. Eso le permitió abandonar definitivamente el campo y pasar a formar parte de la incipiente comunidad académica. Aunque había una condición: ordenarse en el plazo de siete años como miembro de la Iglesia de Inglaterra.
Los años setenta de aquel siglo diecisiete resultaron movidos para este sabio solitario. Siguiendo su vena inventora de la infancia, diseñó y construyó un telescopio reflector para sortear la aberración cromática, ingresó en la Royal Society en 1672 y allí expuso su teoría sobre la luz y los colores. Pero la discusión posterior lo irritó profundamente: esperaba que sus resultados fueran recibidos como demostraciones y comprobó que se le trataba en general como un hacedor más de hipótesis. Entonces, amenazó a Henry Oldenburg con desviarse de su trayectoria y dimitir. Y, para probar su amenaza, detuvo su correspondencia sobre óptica y matemáticas, alegando que estaba ocupado con otros estudios más profundos.
Derrapando por la curva espiritual
A pesar de lo que ha trascendido su figura hasta nuestros días, Newton no fue un científico entregado a la naciente física. Después de aquel momento estelar en que hizo tamañas aportaciones, y enfadado con Oldenburg, se entregó a dos campos que le atraparían hasta el fondo de sus cavernas durante los últimos treinta años de su vida, abandonando prácticamente toda actividad científica y redirigiendo la mayor parte de su energía e interés.
Uno de aquellos campos fue la teología, en la que hubo de entrar ante la necesidad de ordenarse, expuesto además como estaba a la biblioteca ricamente teológica que había heredado de su padrastro. Sus investigaciones, sin embargo, lo llevaron a persuadirse de haber descubierto que el mito de la Trinidad era una degeneración corrupta de la revelación. Y que esta corrupción procedía de Roma, donde habitaba la Puta de Babilonia — el Papa. Concluyó fervientemente que afirmar la divinidad de Cristo era incurrir en el politeísmo, porque, según citaba, San Pablo dejó bien claro que hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús1.
Aquel miembro del Trinity College de Cambridge, entregado a esos teológicos razonamientos, los mantuvo en estricto secreto. Pero aquellos hallazgos le impedían ordenarse en conciencia. Y, además, por temor. Porque en el libro del Apocalipsis creyó descubrir la revelación cifrada de la historia de la humanidad, pues en él se señalaba sin ambages que aceptar la corrupción trinitaria era adorar a la Bestia, y que si alguien hace tal cosa “recibirá en la frente la marca de la bestia y tendrá que beber el vino de la cólera de Dios”. Newton derrapaba estremecido por aquella curva.
En realidad, Cambridge estaba destinada al alumbramiento de clérigos, de manera que quienes no estaban dispuestos a ordenarse debían marcharse, y no era fácil que se les eximiese de tal obligación. Sin embargo, en aquellos años, Newton era ya un matemático bastante famoso, que había aprovechado la cátedra Lucasiana de matemáticas que su valedor y tocayo, Isaac Barrow, le había legado. Con ello pudo ir soslayando — entre agitaciones morales, intelectuales y vitales — la obligación de ordenarse, hasta que finalmente llegó la dispensa en marzo de 1675. Entonces logró permanecer en Cambridge sin tener que volver a Woolsthorpe con aquellas ovejas y sin la amenaza de recibir en la frente la marca de la vergüenza apocalíptica.
El segundo territorio al que se entregó en cuerpo y alma fue la alquimia. Desde finales de la década de 1660, Newton participó en redes clandestinas — porque era una práctica ilegal — que intercambiaban textos alquímicos y trató de leerlos como pistas sobre la constitución profunda de la materia. La misma mente que escudriñaba claves históricas en los libros de Daniel o del Apocalipsis perseguía aquí principios ocultos en la naturaleza. Ya se sabe que hay creencias profundamente inspiradoras para la ciencia, como las de Kepler. De hecho, estaba persuadido de que Moisés había sido alquimista. Y, después de todo, él había nacido un día de Navidad2, por lo que se sentía auténticamente un enviado de Yahvé3. Además, Newton se percató de que las letras de su propio nombre en latín, Isacus Neutonus, podían recombinarse en otro orden para formar el anagrama Ieova Sanctus Vnus, Jehová Dios Único. Y bajo aquel pseudónimo decidió firmar algunos de sus textos teológicos más polémicos, reafirmando su monoteísmo arriano.
La alquimia y la teología le abrieron así los ojos al mundo del espíritu, desterrado por completo de los tratados mecanicistas que hasta entonces le habían entretenido. La radical separación cartesiana entre materia y espíritu, y sobre todo la autonomía concedida al mundo material, le parecían a Newton la antesala del ateísmo — no le faltaría razón, pues ahí se iniciaba el desencantamiento del mundo del que hablaría Weber. Sin embargo, la alquimia le ofrecía una imagen del mundo muy distinta del mecanicismo cartesiano: las sustancias estaban animadas, dotadas de poderes ocultos, fuerzas capaces de transformar y dominar la materia bruta. El Universo, en lugar de ser una amalgama de materia bruta e inerte, mecida inanimadamente como los engranajes de un reloj, era más bien como un gran animal vivo que se mueve, crece y provoca reacciones a distancia.
Más allá de los libros, estas ideas neoplatónicas se canalizaron a través de un referente para Newton como fue Henry More, que siempre se mostró ávido por criticar el mecanicismo y por ver la presencia del espíritu en la materia. Ese espíritu era espacial y susceptible de variaciones de densidad, parecido a los fantasmas que More defendía como prueba de su metafísica espiritista. Nunca ha sido incompatible compaginar la confianza en la implacable deducción racional y la comprobación empírica con una apertura a los espíritus. La cuestión es que todo ello animó a Newton a estudiar la operación de esas fuerzas espirituales e inmateriales que rigen el mundo a distancia por orden del Gran Espíritu y que él podía describir mediante las matemáticas. Así, desde 1678, Newton se dedicó a experimentar en el laboratorio empeñado en dominar los textos de los alquimistas.
Con semejante inspiración, y al cabo de una década, acabó dando a luz a la que para muchos es la obra científica más importante de la historia: los Philosophiæ naturalis principia mathematica (1687) ofrecieron la síntesis de un sistema completo sobre el mundo que recogía sus descubrimientos en mecánica y cálculo matemático. Era una publicación que se había hecho esperar enormemente, porque Newton temía que otros intentaran apropiarse de sus descubrimientos. Sin embargo, Edmund Halley — el famoso astrónomo cuyos estudios merecieron bautizar al cometa que lleva su nombre —, presionó a Newton para que lo publicara y así se lo agradeció Newton en las primeras páginas del libro, que contenía los fundamentos de la física y la astronomía escritos en el lenguaje de la geometría pura.
Manuscrito de la Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, manuscrito a partir del cual se imprimió la primera edición. Escrito de puño y letra de Humphrey Newton, el asistente de Isaac Newton. Fuente.
El sprint final de este prodigio, en realidad, procedió de un desafío que Newton aceptó, despertándole del sueño teológico-alquímico. Robert Hooke le instigó en 1679 con un reto sobre cuestiones planetarias. Él ya sabía que la fuerza que liga los planetas al Sol es inversa del cuadrado de la distancia que los separa; pero fue secuestrado por el planteamiento de que las órbitas planetarias fueran el resultado de desviar continuamente el astro de su trayectoria rectilínea inercial gracias a una aceleración centrípeta. Un asunto ideal para aplicar su método de las fluxiones. Newton, entonces, se remangó e, inspirado por aquella misma alquimia y teología, resolvió de un plumazo la dinámica celeste y terrestre orquestada por fuerzas a distancia que dirigen sus trayectorias.
La curva final
En 1692 se vio envuelto en una relación afectiva très particulier — como decía Leibniz — con Nicholas Fatio de Duillier, un joven suizo hábil con las matemáticas, pero un tanto inestable y exaltado. Tras verse con él en Londres un par de veces en la primavera de 1693, y después de haberse quedado encerrado en su laboratorio día y noche, sufrió un acceso de demencia paranoica y enloqueció. No era la primera vez que sucedía algo semejante, pues desconfiando de la medicina oficial, había usado sus conocimientos para automedicarse, lo que le llevó a usar remedios alquímicos hasta producirse crisis nerviosas durante gran parte de su vida. A finales de aquel verano, su estado se deterioró rápidamente. Apenas dormía una hora al día y su desconfianza adquirió proporciones extraordinarias. En septiembre, acabó enviando a varios conocidos cartas desconcertantes, acusando, por ejemplo, a John Locke de ser seguidor de Hobbes, algo un tanto absurdo por las trayectorias filosóficas de ambos. Le atribuyó además intrigas amorosas que resultaban difíciles de sostener y le acusaba de haber tratado de venderle un puesto en Londres, lo cual Newton en realidad deseaba desde hacía más de un año.
A finales de año se había recuperado, pero para entonces ya había superado los cincuenta y su genio creador parecía comenzar a extinguirse. Siguió ajustando y elaborando lo que ya había inventado, pero no alumbró nada realmente nuevo. En 1696, por fin, consiguió un puesto como encargado de la Casa de la Moneda, se mudó a Londres y dedicó sus últimos treinta años de vida pública a perseguir falsificadores de moneda hasta la horca, presidir la Royal Society, polemizar hasta la extenuación con Leibniz y sus seguidores, e invertir de forma cuestionable, como cuando perdió veinte mil libras especulando con la Compañía del Mar del Sur. Acabó reconociendo que podía “predecir el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de las gentes”. Es lo que tienen los sistemas complejos, incluso para los lápices más afilados de nuestro estuche.
Hubo, sin embargo, una última curva memorable: En junio de 1696, Johann Bernoulli lanzó un desafío a los matemáticos más agudos de Europa: hallar la curva por la que un cuerpo, movido solo por la gravedad y sin rozamiento, desciende entre dos puntos en el menor tiempo posible. Lo llamó el problema de la braquistócrona, del griego: el “tiempo más corto”. La pregunta parecía sencilla, casi escolar. La respuesta abrió una puerta nueva. Porque la curva ganadora no era la intuitiva línea recta — el camino más corto entre dos puntos —, ni el círculo, ni la parábola, ni la curva descrita por ningún otro polinomio.
Bernoulli había dado inicialmente seis meses de plazo para resolver el problema, y Leibniz le animó a ampliarlo para que la flor y nata de la matemática europea pudiera entrar en liza en aquel torneo intelectual. Newton tuvo noticia del problema el 29 de enero de 1697, cuando volvía desde la Casa de la Moneda, ya cansado, tras una jornada intensa, hacia las cuatro de la tarde.
Según la tradición, el problema lo atrapó. La disputa entre sus partidarios y los de Leibniz a propósito de la primacía en el descubrimiento del cálculo diferencial — el que él había dado en llamar de las fluxiones — daba al reto un filo personal. Así que Newton tomó el problema y, probablemente sin necesitar excesivas tazas de té bien cargado, permaneció despierto hasta resolverlo aquella misma noche, ya entrada la madrugada. Al día siguiente envió su solución a Charles Montagu, presidente de la Royal Society, y se publicó de forma anónima. La brillante y genial solución coincidía con la que otros, como el propio Bernoulli o Leibniz, habían generado en secreto. Sin embargo, el anonimato de la respuesta no engañó a Bernoulli, quien reconoció enseguida la garra del autor, empleando la expresión latina que se hizo célebre:
“ex ungue leonem” por la uña se conoce al león
La curva óptima era una cicloide invertida, la trayectoria que dibuja un punto situado en el borde de una rueda mientras esta se desplaza rodando sobre una superficie. Esa forma cae con gran pendiente al principio, convierte enseguida altura en velocidad, y luego se aplana para aprovechar el impulso acumulado. En algunos casos, incluso puede bajar por debajo de la cota del destino y remontar después, como quien acepta perder altura al principio para comprar tiempo al final. Una lección de vida: a veces, es conveniente dar dos pasos atrás para tomar impulso y llegar más lejos. O desviarse por caminos oscuros, mitológicos o cabalísticos para regresar después a hacer ciencia. Elegir la geometría adecuada para el rodeo es clave.
Newton optó por su propia curva. Su periodo verdaderamente creativo ocupó apenas alrededor de una cuarta parte de su existencia, especialmente entre 1664 y 1686, y en esos años revolucionó las matemáticas, la óptica y la física como culmen de la llamada Revolución Científica que, según se considera clásicamente, comenzó con Copérnico y finalizó con él. Pero junto a ello dedicó la mayor parte de su vida a las más absorbentes profecías, a la teología y a la alquimia. Aunque este paladín de la Revolución Científica no suele ser reconocido por ello, de las aproximadamente 3,6 millones de palabras que dejó escritas, apenas menos de un tercio las dedicó a la ciencia; casi la mitad a cuestiones teológicas. Y, a pesar de ello, resultaron profundamente fecundas, porque, como diría más tarde Kierkegaard:
Quien se pierde en su pasión pierde menos que quien pierde su pasión.
Aunque Einstein acabase enmendando su mecánica, Newton fue para muchos el genio científico más importante de todos los tiempos. Quizá un enviado de Yahvé. Aunque fuera discurriendo por su propia curva.
En realidad, la progresiva imposición del calendario gregoriano por el Papado ubicaba su fecha de nacimiento el 4 de enero de 1643, aunque Inglaterra mantuvo el calendario juliano hasta un siglo después de que Newton naciera. Otra faena de la corrupción de Roma.
El enviado de Yahvé nacido en una granja — Así se titulaba el capítulo dedicado a Newton en la enorme Historia de la Ciencia, obra de obligada referencia que mis profesores Manuel Sellés y Carlos Solís de la licenciatura de filosofía de la UNED nos brindaron en Espasa Calpe.
Qué maravilla de escrito, me ha encantado. Gracias por tomarte tu tiempo para hacer una semblanza biografía tan amena.