El emperador y el papa
Legitimación, debilidad, tecnología y límite
En 1804, Napoleón invitaba a Pío VII a París para su coronación imperial. Pretendía refrendar con el perfume de Roma la legitimidad de su ceremonia. Cinco años después, en 1809, el emperador se anexionaba los Estados Pontificios y acababa haciendo prisionero al papa. No era la primera ni la última vez que un emperador y un papa danzaban y entraban en conflicto. Una tradición que ha llegado incluso hasta nuestros días.
El pequeño corso durante un tiempo se limitó a extorsionar a Roma porque pensaba que esa vieja máquina se descompondría ella sola. El proceso secularizador ilustrado se aceleraba con la Revolución francesa y el propio tornado napoleónico. De hecho, muchos periódicos y gacetas de Europa habían sentenciado al papado, bautizando al predecesor como “Pío VI y último“. Hubo, sin embargo, un séptimo. Y Napoleón, que de propaganda sabía un rato, siguió coqueteando con él. Hasta que se hartó y acabó apresándolo. Hoy, a pesar de todo, esta fricción sigue produciéndose.
El emperador y el papa han interactuado en occidente innumerables veces buscando en el otro reconocimiento y protección, y se han disputado la primacía de la autoridad política y moral cuando no estaban de acuerdo. Pero estos episodios no han quedado enterrados en los manuales de historia. A pesar del proceso secularizador, en un mundo moralmente politeísta y ruidoso, global y multipolar, el emperador contemporáneo, Donald Trump — con todo su aparato de excentricidades propias de un Calígula —, se ha visto de nuevo sorprendido por un papa díscolo. Hace unos días León XIV condenaba duramente la escalada bélica estadounidense, sumada a anteriores críticas a su criminalización de la inmigración. Y la administración Trump se enzarzaba en responderle.
La tensión ancestral por fijar los límites legítimos del poder vuelve a estar en juego. Y esa vieja máquina, dos siglos después, sigue resistiéndose a descomponerse. Aunque hayan cambiado los uniformes, las constituciones, los medios de transporte, la tecnología y la escala de la violencia, persiste la vieja incomodidad del poder ante cualquier voz que pretenda decirle que no todo lo posible es lícito. León XIV tuvo claro, desde su nombramiento hace en breve un año, que uno de los pilares centrales que afectarían a su pontificado sería el de la lucha por la paz. Y que a ese sumaría el de tratar de formular respuestas ante los retos de la inteligencia artificial. No en vano escogió ese nombre — como reconoció explícitamente — rememorando el de su antecesor, León XIII, cuyo pontificado transitó por las turbulencias de la Revolución Industrial.
El choque reciente entre el Vaticano y el universo político de Donald Trump ha sorprendido a buena parte de la derecha estadounidense que había leído el pontificado de Francisco I como un accidente ideológico, una inflexión progresista que constituía una anomalía romana influida por la sensibilidad latinoamericana, la inmigración y la retórica social. Aquella lectura les había permitido guardar una esperanza tácita: el paréntesis terminaría, llegaría un sucesor más afín al temperamento de las bases conservadoras estadounidenses y Roma volvería a sintonizarse. La elección de un papa nacido en Chicago alimentó además esa expectativa.
Sin embargo, con las declaraciones abiertas de León XIV ha reverdecido esta atávica tensión, a pesar de que hoy se plantee en un escenario secularizado completamente distinto en términos de reconocimiento e impacto social. Pero ese impacto no se encuentra sólo en las bases católicas del trumpismo. Muchos habían olvidado que Roma, aun debilitada, sigue funcionando de vez en cuando como una instancia relevante en el marco de la legitimidad moral a escala global, y particularmente en la occidental. Ya no es una prolongación dócil del poder nacional ni un apéndice espiritual de una determinada coalición cultural. Pero gracias a su proyección mediática viralizada por la tecnología y a la insólita tradición milenaria que la asiste, puede converger con otras muchas sensibilidades secularizadas en algunos asuntos aunque se aparte de ellas en otros. A la vez conservadora en teología e incómoda para el nacionalismo. Defensora de tradiciones morales que friccionan con el liberalismo progresista y, al mismo tiempo, alineada con él contra la desmesura militar, la humillación del extranjero o la deshumanización del adversario. Entonces, el Estado soberano moderno, y más aún cuando se siente investido de un destino excepcional, tolera mal que exista una voz transnacional capaz de emitir juicios morales sobre su conducta sin pedir permiso. Y hay varios enfoques sugerentes en esta revisitada tensión.
Las dos espadas en la globalización digital
Durante siglos, el papado disputó autoridad dentro de una cristiandad relativamente compacta, aunque desgarrada por guerras, cismas y rivalidades. Aquellas pugnas se desarrollaban en un espacio donde el lenguaje religioso era común incluso para los adversarios. El emperador y el papa discutían en la misma gramática del mundo, aun cuando pelearan por la última palabra. En ese trasfondo operaba, con matices cambiantes, la vieja doctrina de las dos espadas: la idea — elaborada a partir de un pasaje evangélico y desarrollada por la teología política medieval — de que existen dos potestades para regir el mundo cristiano, la temporal y la espiritual. Órdenes distintos obligados a cooperar y que, en último término, debían quedar subordinadas a la autoridad espiritual de Roma. Más allá de sus interpretaciones, la imagen condensaba una intuición decisiva para occidente: el poder no era uno, y la espada del gobernante no agotaba por sí sola la fuente de legitimidad. En el fondo, más allá de sus momentos absolutistas y totalitarios, esta tensión plural por la legitimidad pudo contribuir a la fragua de democracias pactistas y dialógicas occidentales.
Hoy, sin duda, el papa ya no pugna en las mismas condiciones, ni pretende imponer una obediencia orgánica sobre el conjunto de la vida pública que ha perdido su homogeneidad y su horizonte simbólico común integrado en el tejido cotidiano. Sin embargo, su voz llega a una escala que ningún pontífice medieval habría podido imaginar. Ni siquiera a la de los grandes medios de masas del siglo XX. Roma ha perdido densidad social y ha ganado extensión reticular con la digitalización. Ha dejado de ser un sólido arquitectónico y se ha vuelto, en buena medida, una señal fluida que se viraliza, aunque salte entre espacios fragmentados y en algunos no permee del todo.
Esa transformación altera la tensión histórica. La misma modernidad que adelgazó su peso a través de la secularización ha multiplicado su capacidad de presencia global casi en tiempo real. Un gesto pontificio, una frase, una homilía, una condena o una advertencia pueden circular en minutos por todo el planeta, ser traducidos instantáneamente, recontextualizados, combatidos, aplaudidos, troceados y vueltos a poner en circulación. Esto hace que una autoridad a priori menos vinculante sea más visible. Y eso puede amplificar una nueva legitimidad incluso entre quienes reniegan habitualmente de la palabra de Roma, que hoy de vez en cuando baja a la misma arena política digital en la que el nuevo emperador sabe bien que se juega mucho.
Hay otra paradoja sugerente. Vivimos en una época que suele describirse a sí misma como secular, plural, emancipada de las viejas tutelas religiosas. Y, sin embargo, pocas épocas han estado tan saturadas de lenguaje moral. Las redes sociales, la política de la identidad, la cultura de la cancelación, el activismo reputacional, la indignación permanente, la señalización de virtud, el capitalismo simbólico de las buenas causas: todo ello revela que la secularización en realidad no ha vaciado el espacio público de moralidad. Lo ha fragmentado, teatralizado y acelerado. No hemos dejado atrás el impulso de juzgar; hemos redistribuido ese impulso entre pantallas, tribus, campañas y algoritmos. A menudo da la impresión de que nuestra época no cree demasiado en una verdad compartida, aunque cree muchísimo en el derecho a emitir veredictos. Porque, en el fondo, estamos condenados a aspirar a lo inalcanzable.
En este ambiente caótico, sin embargo, cuanto más se dispersan las propuestas morales, cuanto más compiten entre sí y más ansiosas y performativas se vuelven, más visible puede volverse de pronto una voz serena y directa que hable con otro ritmo, desde otra duración y con una ambición universalista menos dependiente de la recompensa instantánea. La esfera pública contemporánea abunda en moralización, aunque escasea en autoridad moral. La moralización suele juzgar desde una facción, se alimenta de visibilidad y recompensa simbólica, a menudo castiga sin matiz y premia la rapidez antes que la hondura. La autoridad moral aspira a algo más difícil: hablar de manera comprensible más allá del propio bando, sostener una continuidad en el tiempo, aceptar el coste de contrariar a los propios, no depender enteramente del mercado de atención. No deja de resultar simbólico, en este sentido, que el papa esté saliendo en defensa de un país profundamente islámico, como algunos le afean y otros le alaban.
Desde luego, también la autoridad moral puede ser hipócrita, parcial o ciega. La Iglesia católica entra de igual modo en el juego de la moralización. Pero sigue reteniendo en el imaginario una autoridad moral diferente. Por lo que la distinción sigue siendo útil. Ya que ayuda a entender por qué una institución religiosa debilitada puede, en ciertos momentos, destacar precisamente en un ecosistema hipermoralizado. Y hacer que un emperador, atareado en mil frentes, se moleste en contestar.
La voz del papa ya no puede presentarse sin más como guardiana indiscutida de la moral humana, pues ni siquiera los propios católicos la asumen enteramente. Pero el pontífice todavía puede actuar como una instancia de convergencia moral mínima cuando acierta a nombrar un límite que mucha gente percibe, aunque lo fundamente desde marcos muy distintos. Paz. Dignidad humana. Prudencia ante la destrucción total. Rechazo de la humillación del débil. Desconfianza frente a un progreso técnico que corre más deprisa que nuestra capacidad para gobernarlo. En esos puntos, la palabra de un papa puede dejar de sonar como voz de parte y adquirir, siquiera por un instante, una resonancia transversal.
Y esa resonancia no nace a pesar del mundo secularizado, sino en parte gracias a él. Porque el siglo XXI ha debilitado las obediencias compactas, pero no ha desactivado la necesidad de un mínimo ético común. Más bien la ha intensificado bajo nuevas formas. El flujo intensivo de información en esta sociedad global hiperconectada la somete a una presión moral continua: debe posicionarse sobre guerras lejanas, catástrofes humanitarias, discriminaciones, tecnologías emergentes, formas de vida innovadoras, amenazas ecológicas, injusticias heredadas y conflictos de legitimidad. La vieja arquitectura moral se ha deshecho; pero los escenarios que demandan juicios y valoraciones no han hecho más que crecer. El resultado es una mezcla extraña de hambre de brújula y sospecha hacia cualquier brújula demasiado visible. Quizá por eso resultan tan interesantes las voces que no encajan del todo en los bandos simplificados contemporáneos. No porque tengan automáticamente razón, tampoco porque estén libres de intereses, más bien porque no pueden ser digeridas del todo por la lógica tribal.
Roma es una de esas voces. No la única, desde luego. Hay tradiciones humanistas, jurídicas, filosóficas y religiosas no católicas que también aspiran a sostener límites universales. Pero el papado posee una singularidad histórica que habla desde una institución con enorme continuidad temporal, alcance global y una relativa independencia respecto al Estado-nación. Esa independencia es limitada, conflictiva y siempre imperfecta, pero sigue siendo real para buena parte de occidente. A pesar de no contar ni siquiera con una legitimidad democrática, sigue proyectando una imagen de custodia de algo que no debería quedar enteramente al arbitrio del cálculo político. Aunque el problema circular e irresoluble sobre quién tiene la legitimidad para fijar lo que es legítimo constantemente aflore. También en lo que respecta a la tecnología.
El problema de la instancia moral
En 1075, el papa Gregorio VII prohibió que los gobernantes laicos invistieran obispos, suscitando la llamada Querella de las investiduras. Dos años después, en 1077, el emperador Enrique IV cruzaba los Alpes en invierno y esperaba descalzo ante el castillo de Canossa para obtener el perdón pontificio tras haber sido excomulgado por retar al papa. La escena parecía una humillación del imperio ante Roma, pero el conflicto estaba lejos de terminar. Lo que se disputaba no era un simple ritual de báculos y anillos, sino algo mucho más hondo: quién tenía derecho a nombrar a los mediadores entre el poder y la conciencia, quién investía moralmente el orden. Aquel pulso medieval, bajo su apariencia remota, materializaba la recurrente y vieja obsesión del poder que sigue viva hoy: no contentarse con gobernar los cuerpos, sino querer prescribir también el sentido y la moral que articulan nuestro comportamiento.
Nuestra época no discute ya sobre obispos y abadías. Discute sobre políticas exteriores, militares, migratorias, económicas o energéticas. Pero también sobre un creciente protagonismo del gobierno de la tecnología. Así se proyecta la discusión sobre modelos, salvaguardas, infraestructuras cognitivas, algoritmos de decisión, regímenes de visibilidad y sistemas capaces de ordenar gran parte de la experiencia. Las investiduras contemporáneas no se hacen con báculo y anillo. Se escriben en capas de alineamiento, términos de uso, pesos estadísticos, excepciones regulatorias y límites incorporados al código. Aunque la analogía no pueda ser literal, ahora sigue en juego quién determina la arquitectura moral de los intermediarios. Especialmente cuando empleamos los agentes conversacionales de IA para que nos asesoren sobre lo que es correcto hacer. Desplazando a obispos y a psicólogos.
Como cualquier tecnología, los grandes modelos de IA no son simples herramientas neutrales. Van convirtiéndose, poco a poco, en mediadores del conocimiento, del trabajo, de la persuasión, del consejo, de la vigilancia y hasta de la guerra. Quien define sus límites no decide únicamente una política empresarial; participa en la definición práctica de lo que una sociedad considera admisible.
En ese sentido, el reciente choque entre Anthropic y el Departamento de Defensa de Estados Unidos ha funcionado como un pequeño laboratorio del problema, una cierta querella de las investiduras. La empresa, empeñada en imprimir una constitución moral a su flamante familia de modelos Claude, ha sostenido que se negó a retirar ciertas líneas rojas relativas a la vigilancia masiva y a las armas autónomas plenamente letales, y que esa negativa precipitó el conflicto con el gobierno federal, que le hizo perder contratos multimillonarios. Por más que ahora, con la amenaza inminente de un nuevo modelo capaz de hacer saltar por los aires la ciberseguridad norteamericana, el emperador y el señor tecnofeudal estén volviendo a aproximar posturas y a tener conversaciones muy productivas.
Más allá de las versiones interesadas de cada parte, me parece interesante la estructura del desacuerdo. El Estado no acepta fácilmente que una compañía privada conserve capacidad para restringir usos que el propio Estado considera legales, parte de su legítimo monopolio, y estratégicamente necesarios. La empresa, por su lado, intenta reservarse una franja de prescripción moral sobre el sistema que desarrolla. Se puede discutir el grado de coherencia de esa postura, el alcance de su sinceridad o las contradicciones de una firma tecnológica que también busca contratos lucrativos. Pero la cuestión de fondo resulta fascinante: ni el gobierno quiere ceder a una empresa el monopolio de la moralidad, ni la empresa acepta quedar reducida a proveedor mudo de una razón de Estado tecnificada.
Y entonces reaparece Roma desde otro ángulo. Y cuestiona a quienes legitiman al Estado democrático por encima de la empresa privada — con buenas razones — pero ignoran la mundaneidad del propio Estado y su cálculo político de corte maquiavélico. El papa disputa así la prevalencia del relato moral universal desde el cual han de juzgarse esos desarrollos. Recuerda que ni el Estado ni la empresa deberían erigirse por sí solos en árbitros de lo humanamente admisible. Esa posición tiene algo profundamente anacrónico y, al mismo tiempo, profundamente actual. Anacrónico, porque remite a la vieja pretensión de una ley superior a la voluntad del soberano — por más democrático que se revista. Actual, porque las tecnologías emergentes han reabierto con violencia la cuestión de los límites. Cuando la potencia técnica crece, también crece la tentación de confundir capacidad con legitimidad. Ahí una voz moral externa vuelve a ser molesta.
De hecho, el caso de la IA permite ver con nitidez una dinámica general que se actualiza en el presente: Cada gran salto técnico desplaza el problema moral hacia un nuevo terreno. La máquina industrial trastocó el trabajo, la ciudad, la relación entre capital y obreros, la pobreza, la organización del tiempo y la cuestión social. La máquina cognitiva trastoca hoy la autoría, la confianza, el criterio, la atención, la seguridad, la vigilancia, la distribución del empleo cualificado y la misma percepción de lo humano. No se trata solo de productividad o innovación disruptiva. Lo que está en juego es la forma de vida que cristaliza alrededor de una nueva infraestructura de poder. Por eso resulta tan relevante que León XIV se refiriera explícitamente a León XIII y a la necesidad de responder a una nueva revolución industrial marcada por la IA. El paralelismo no es ornamental. Sitúa el papado dentro de una lectura civilizatoria de la técnica que, brindando por el progreso, se niega a aceptar acríticamente su aceleración ciega.
Este movimiento resulta interesante incluso para un lector no creyente. Porque la recepción social de la IA está muy lejos de ser unánimemente entusiasta. Lejos de Silicon Valley y de los centros más innovadores en IA, una enorme parte de la opinión pública global no vive esta revolución como una fiesta luminosa, sino más bien como una mezcla de fascinación, recelo y temor. Las encuestas internacionales muestran una cautela persistente: mucha gente reconoce el potencial de la IA y, al mismo tiempo, desconfía de sus efectos sobre el trabajo, la información, la privacidad, la seguridad, la identidad y la vida cotidiana. Hay una intuición popular de que algo enorme se mueve bajo nuestros pies y de que todavía no hemos encontrado las instituciones, las leyes ni los hábitos mentales capaces de gobernarlo con serenidad.
La prudencia de Roma reverbera en ese clima. Aunque ante la IA existen reaccionarios bien asentados en el conservadurismo, su postura dista de ser simplemente tecnófoba o románticamente hostil ante el progreso. Porque sería inverosímil negar el valor de la innovación a la condición y al desarrollo humanos. El papa insiste en la dignidad humana, en la centralidad de la persona, en la necesidad de someter el desarrollo técnico a criterios éticos superiores. Y se alinea con una inquietud global, articulando con un lenguaje más denso una percepción común del riesgo que pide fijar ciertos límites que no necesariamente nacen de una fe compartida. Ante la fuerza de los grandes tecno-optimistas inflados de inversión y arengados por el pretendido hombre fuerte en la Casablanca, el papa está aglutinando una postura crítica desde la debilidad.
La fragilidad del pacifismo como legitimación de la autoridad
El cristianismo defensor de los débiles y de los oprimidos — piedra angular de la moral de esclavos para Nietzsche — fue sin embargo acusado durante siglos, no sin motivos, de haber bendecido imperios, justificado guerras y ofrecido cobertura simbólica a múltiples dominaciones. El papado mismo no tiene una historia inmaculada de desapego por el poder. Ha participado en él, lo ha buscado, lo ha administrado y lo ha confundido demasiadas veces con su propia misión. Sería ingenuo olvidar ese legado.
Pero precisamente por eso resulta tan interesante la posición actual de Roma. Cuanto más lejos queda de la espada, más visible se vuelve su capacidad de apelar a algo que no puede garantizar por la fuerza. Su debilidad material y de reconocimiento no borra sus ambivalencias históricas, aunque sí modifica radicalmente el modo de su intervención. Su aparente fragilidad le permite aparecer con una desnudez que en ciertos contextos se parece mucho a la autoridad moral más sincera. Una autoridad frágil que encuentra su espacio cuando el mundo parece inclinarse hacia poderes cada vez más musculados, más acelerados y menos dispuestos a reconocer límites.
De hecho, en su lógica de despiadada negociación, la administración Trump ha calificado al Papa precisamente de “débil” a propósito de sus críticas a la guerra en Irán, en las que cuestionaba a los tiranos que gastan miles de millones en guerras. Se sumaba a esa embestida el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance — católico converso — tratando de dar lecciones de teología con una osadía pasmosa sobre lo que es una “guerra justa” — aquel concepto desarrollado por Agustín de Hipona — a un papa como León XIV, que es el primer Papa agustino y, probablemente, uno de los mayores expertos mundiales en su obra.
La cuestión es que este ataque a su debilidad en realidad puede transformarse en un cierto imán de legitimidad. La fragilidad de una Iglesia católica en retroceso ante la oleada secular desde, al menos, aquellos tiempos de Napoleón, y zarandeada por el nuevo emperador, puede alinearla con tantos que se sienten débiles frente a un desaforado Trump. Roma disiente, da voz y se opone al tremendo poder de los nuevos oligarcas del tecnofeudalismo, al gran emperador de las criptomonedas y el acabamiento del consenso diplomático global de los últimos ochenta años, que ha entrado en una nueva trampa de Tucídides de forma belicosa.
Quizá el papa frente al emperador está poniendo voz a una sociedad que siente que va perdiendo pie, y cuyos malestares, procedentes de lugares muy distintos, coagulan en algunos límites tan claros como el de la paz, que reaparece una y otra vez como frontera moral última. Una paz que contrasta con la de la permanente victoria que Trump ansía infantilmente en cada interacción. La proclama no es una consigna banal, cursi ni buenista. Innumerables tradiciones religiosas y laicas han cargado de densidad espiritual este concepto, traduciéndolo al derecho internacional y al orden jurídico. A pesar de los pies de barro de toda propuesta moral, esa petición que protege a los débiles, promueve el diálogo y la convivencia pretende superar las morales tribales del “nosotros” y el “ellos”, como condición mínima de protección de la vida.
Roma con ella se enfrenta a la actitud de destrucción ilimitada — esa que se atreve a proclamar la inminente desaparición de una civilización entera, como amenazaba Trump hace unos días — y se alinea con quienes no toleran que ese lenguaje se convierta en el ordinario del poder. Quizá no todo conflicto pueda resolverse sin fuerza, y hay pacifismos que no son inteligentes, pero la violencia sin principio de contención termina degradando aquello que dice proteger. Y esa degradación al final acaba reconociendo el poder legitimador perdido.
Retomar una legitimidad en retroceso
En el año 452, con el Imperio romano de Occidente exhausto y Atila avanzando sobre Italia tras arrasar ciudades del norte, el emperador Valentiniano III no encontró mejor recurso que enviar a su encuentro al papa León I. El gesto decía mucho sobre el momento: cuando la fuerza del imperio ya no bastaba, Roma buscaba apoyo en otra clase de poder, el de una legitimidad moral capaz de impresionar allí donde las legiones habían dejado de hacerlo. No sabemos cuánto hubo de diplomacia, de cálculo militar o de mito en la retirada del huno. El caso es que desarmado y desprovisto de toda asistencia, la leyenda nos narra que León I acudió ante Atila, mantuvo con él una conversación, y este decidió no invadir y saquear Roma. Más allá del dramatismo épico del papa, la imagen que trascendió fue la de un emperador en declive que, incapaz de imponer respeto por sí mismo, tuvo que recurrir a la autoridad del papa para intentar salvar a Roma.
La administración Trump no puede ser ajena a que su histrionismo, su desinhibición verbal, su dominación comunicativa y su desprecio por los contrapoderes y las mediaciones que no pueda controlar — como acaba de hacer también con el fulminado Consejo de ciencia norteamericano — azuzan a sus seguidores pero le granjean importantes opositores con una clara pérdida de legitimidad. Los índices de popularidad están en mínimos y las encuestas le auguran batacazos electorales que ya veremos si está dispuesto a asumir. Pero no puede renunciar al poder legitimador que arropa a esa misma figura del pontífice al que se enfrenta. Porque entra en conflicto con el imaginario de buena parte de sus propias bases.
De manera que no ha tardado en tratar de recuperar para sí ese mismo revestimiento legitimador del cristianismo, incluso después de vilipendiar al papa. Quizá porque, como Valentiniano III, puede estar palpando los síntomas de decadencia de aquella gran superpotencia que ganó la Guerra Fría y que ahora parece estar autodestruyendo su propia hegemonía. Como Atila asomara desde el Este, China lleva décadas reclamando su trono como epicentro mundial. Hace unos días, el presidente de EE UU compartía en redes sociales una imagen generada por IA en la que aparece él como Jesús sanando enfermos y otra en la que Cristo le da ánimos. En esa misma línea, ante el reciente intento de atentado que ha sufrido, Trump ha corrido a afirmar que la motivación ha sido por el odio contra la cristianos.
Todo poder desea hablar en monólogo. La contribución histórica de occidente, con todas sus sombras, consistió en impedir a veces ese monólogo mediante la tensión entre instancias diferentes. Iglesia y Estado, imperio y papado, ciudades y coronas, parlamentos y monarquías, universidades y príncipes. A pesar de haber sido la cuna del absolutismo y de los totalitarismos incontestados, también fue el germen de una civilización que ha entendido que no era factible una armonía perfecta, y que avanzaría muchas veces a través de fricciones fecundas y equilibrios de poder.
En el subsuelo del conflicto entre Roma y Washington late una disputa por la legitimidad que enhebra nuestra convivencia social, incluso en regímenes no democráticos. Va más allá de un simple roce entre populismo nacionalista reaccionario y religión institucional globalizada. La respuesta del papado vuelve a apelar a un orden superior ante el cual toda estrategia política debe rendir cuentas. Muchos contemporáneos no compartirán sus fundamentos metafísicos pero pueden coincidir en la consecuencia práctica de que ningún Estado debería disponer de un cheque en blanco para convertir la fuerza en criterio supremo. Ningún orden técnico, estatal o mercantil debería ostentar en solitario del derecho a decidir qué cuenta como humano.
Ni el Estado, ni la empresa, ni el algoritmo, ni el líder carismático, ni ninguna de las religiones deberían tener el monopolio de la moral. Es misión compartida y plural hallar, mientras tanto, aquellos límites compartidos que sólo algunos se atreven a decirle claramente al poder cuando cree que su capacidad justifica su derecho. Mientras tanto, la historia entre el emperador y el papa seguirá cambiando de decorado sin dejar de ser reconocible. Y mientras la paz continúe siendo un anhelo común tan proclamado como frágil, no resultará extraño que una parte del mundo, aunque ya no rece ni crea como antes, levante de vez en cuando la mirada hacia la voz de Roma para comprobar si todavía es capaz de recordarle a los fuertes aquello que los fuertes olvidan con facilidad.
Gracias por leerme.






