En febrero de 1953, Linus estaba convencido de haber desembrollado la urdimbre con la que la vida entreje su propio testamento. Llevaba un tiempo compitiendo en una carrera algo frenética frente a otros por descifrar la composición de aquella molécula que explicaba el mecanismo de la herencia biológica. La piedra angular de la que se sirve cada organismo para sostener la bóveda de la replicación, empleando esa escritura anterior a toda escritura. Quien encontrara la estructura del ADN resolvería ese mecanismo tan íntimo por el que la materia — caliente y húmeda, pero materia, al fin y al cabo — logra disponerse en un linaje. Después de haber olfateado como un zahorí por el desierto buscando agua subterránea, Linus creía haber palpado humedad. Al fin y al cabo, tenía motivos para pensar que aquel hallazgo podía ser también suyo.
El motivo era que durante décadas había dominado la química, precisamente escudriñando entre sus estructuras más profundas con una solvencia extraordinaria. La mecánica cuántica le había permitido desentrañar el enlace químico como nadie, planteándolo como una arquitectura delicada y a la vez tremendamente sólida de moléculas, cargas, ángulos, distancias y probabilidades. Frente a la vieja química plana de elementos concebidos como esferas romas, él había levantado con solemnidad arcos y bóvedas electrónicos, tendidos con la imaginación de un arquitecto. Naturaleza y arquitectura volvían a darse la mano como quiso Vitruvio y tanto suele repetir Francisco Colom.
El libro de Linus sobre la naturaleza del enlace químico se había convertido ya en un monumento. La ciencia tiene catedrales visibles, con máquinas colosales, telescopios en mitad del desierto y aceleradores descomunales tunelados bajo tierra. En buena medida depende de estas cristalizaciones de la tecnología para seguir progresando. No obstante, también tiene catedrales pantagruélicas de ideas, enormidades plasmadas en un sencillo papel. La de Linus había sido una de estas expresiones más etéreas que, sin ocupar más que un palmo en un estante, había recolocado los cimientos de la química.
Sin embargo, en esta ocasión, Linus Pauling iba a fallar.
El fallo germinal del Papa
En el lanzamiento de hipótesis, el ya famoso Linus Pauling había propuesto junto a su colega Corey una estructura de triple hélice para comprender el ADN, tendiendo tres cadenas enrolladas que contenían fosfatos en su interior y bases en el exterior. Un modelo que, a primera vista, tenía elegancia. Muchas ideas erróneas la tienen antes de que la realidad les retire el barniz. Pauling, sin embargo, había ido adquiriendo ya esa pátina que le permitía lacar lustrosamente una estructura química que, en realidad, resultaba poco convincente, pues los grupos de fosfatos — cargados negativamente — se ubicaban demasiado próximos en el interior, viéndose sometidos a una repulsión inverosímil que el modelo era incapaz de contener.
Cuando Watson y Crick recibieron el manuscrito de Pauling con este planteamiento a comienzos de 1953, se alegraron al comprobar que el gran rival había caído en un error parecido al que ellos mismos habían ensayado y después abandonado. Una vía muerta de la que les había sacado, precisamente, la menospreciada Rosalind Franklin, al señalarles, entre otras cosas, que los fosfatos debían quedar hacia fuera por la hidratación del ADN. Watson confesó, con su habitual mordacidad, que había brindado junto a Crick por aquel fracaso de Pauling, porque nadie tenía la valentía de decirle al Papa de la química que aquello era un sinsentido químico. Y eso les daba tiempo.
De hecho, el error de Pauling permitió, a su vez, que Watson y Crick recibieran la autorización para volver a dedicarse por entero al ADN. De modo que, en cierta forma, el de Pauling actuó casi como acelerador indirecto del descubrimiento que finalmente alcanzarían. Un error germinal. Porque así es precisamente como funciona la ciencia: un investigador sin errores es un mero funcionario de lo obvio, un administrador de lo dado. La audacia necesita permitirse un margen de caída y que otros lo observen con detenimiento. El problema aflora cuando nos inmunizamos frente a la crítica y nadie se atreve a sacarnos de un error.
Cuando Pauling recibió por anticipado una copia del famoso artículo que encumbraría a Watson y Crick como descubridores de la estructura del ADN antes de que se publicara en Nature, no aceptó de inmediato que hubieran resuelto el problema, pero agradeció el envío y quedó impresionado por la simplicidad y funcionalidad de aquella estructura de doble hélice. En el fondo, seguía confiando en su propia idea pues, al fin y al cabo, contaba con mucho más bagaje que ellos. No obstante, tras viajar a Inglaterra, observar el modelo en persona y compararlo con las fotografías robadas de Rosalind Franklin, finalmente quedó profundamente impresionado y convencido de que la estructura helicoidal era la correcta. Un pequeño escozor debió recorrerle el espinazo.
Sin embargo, quizá, esta fue una de las últimas curas de humildad que Pauling recibiría seriamente. Una maldición le privaría, en buena medida, de esa capacidad imprescindible que debemos anhelar: identificar y aprender de nuestros errores.
Las dos coronas
Como un viajero atolondrado que corre por la dársena de un tren, Pauling llegó tarde al descubrimiento de la estructura del ADN. El disgusto, no obstante, le duró poco tiempo: en 1954, sin que sorprendiera a casi nadie, le otorgaron el Premio Nobel de Química en solitario. La medalla reconocía sus trabajos arquitectónicos sobre la naturaleza del enlace químico y la estructura de sustancias complejas. El Papa era por fin coronado y su fama se catapultó, granjeándole un capital social que disfrutaría durante el resto de su vida.
En octubre de 1962, sin embargo, algo volvió a retorcerle el estómago. Watson y Crick fueron condecorados por fin con el premio Nobel — aunque no Rosalind Franklin, que tardaría bastante más en ser reconocida, ya de forma póstuma y probablemente insuficiente. Pauling escribió entonces una carta de felicitación por cortesía científica. No obstante, aquella incomodidad apenas le duró un año. En 1963, después de un año de deliberaciones, el jurado de los Nobel volvió a elevar a Pauling a los altares, de forma inédita hasta la fecha, condecorándolo con el Premio Nobel de la Paz por su campaña contra las pruebas nucleares, a pesar de que su postura pacifista le había granjeado el rechazo de buena parte de la prensa y acusaciones de simpatías comunistas.
A fin de cuentas, aprovechando su prestigio como lo hiciera Einstein, Pauling había tenido un papel particularmente activo durante la Crisis de los Misiles de Cuba de aquel mismo año: Envió un duro telegrama al presidente John F. Kennedy en el momento más álgido del conflicto, denunció que el bloqueo militar estadounidense exponía al mundo a una catástrofe atómica y, al mismo tiempo, presionó a la ONU y a la Unión Soviética en favor de una solución pacífica. Figuras así pueden mitigar, en ocasiones, el hecho de que no somos capaces de calibrar los peligros a los que nuestra tecnología nos da acceso. Este segundo premio, también en solitario, coronó de nuevo sus hazañas. Y las selló con un blindaje peligroso.
Había alcanzado dos coronas. Una por descifrar la intimidad de la materia. La otra por denunciar la amenaza de su destrucción. Linus Pauling es, todavía hoy, el único galardonado con dos premios Nobel en solitario. Dos premios que reunían además dos sueños muy propios del siglo XX: comprender el átomo y salvar al mundo de los peligros del átomo. La molécula del ADN había sido una pequeña derrota que no podía empañar tamaña trayectoria. Aquel doble reconocimiento lo colocó en una región casi mitológica del prestigio. Ante el público, se irguió por encima de los químicos sobresalientes, hasta alcanzar el olimpo de la ciencia. Ya no había quien le chistara.
Pero aquellas coronas llevaban una maldición.
La de la sordina que impone el efecto premio Nobel o la Nobelitis.
El efecto premio Nobel y la vitamina C
La inquietud de Pauling por nuevos descubrimientos no dejó de filtrarse entre las grietas de su vida a pesar de haber alcanzado por duplicado la cumbre. Y por una de ellas penetró la vitamina C. Entre todas las grandes moléculas que había estudiado y comprendido, aquella pequeña, soluble en agua, necesaria para la síntesis del colágeno, le conquistó. La vitamina C era célebre por haber librado a los marineros del escorbuto cuando la navegación aprendió, a golpes de encías sangrantes, que a algunos remedios pueden esconderse en una sencilla fruta. Pauling, sin embargo, creyó ver en ella algo más.
En 1970 publicó Vitamin C and the Common Cold, un libro que popularizó la idea de que dosis elevadas de vitamina C podían prevenir o aliviar el resfriado común. ¡Cuántos niños, nacidos en los años posteriores, recibimos la consigna — ya sea como un casero zumo de naranja o un complemento vitamínico — de que la vitamina C era un pertrecho imprescindible con el que hacerse ante la llegada del invierno para no constiparse!
Paradójicamente, la ausencia de tos puede ser contraproducente: Como nadie se atrevía a toserle, con el tiempo, el entusiasmo de Pauling, incontestado, fue a más y se extendió hacia el empleo de la vitamina C para combatir el cáncer y otras enfermedades. La vitamina abandonó su modesto rol en el metabolismo y asumió la titánica responsabilidad de actuar como un amuleto bioquímico que se encontraba particularmente a mano de la botica doméstica.
Y es que la cultura popular estaba especialmente preparada para acoger un mensaje avalado por una figura tan imponente. En plena expansión mediática, la figura de este laureado portando en su palma unas sencillas cápsulas era muy tentadora. Como un comprimido, su propuesta empaquetaba una idea fácil para un público acostumbrado a imaginar que los problemas de salud son remediables con una pastilla, como las que ayudaban a dormir, a calmar el dolor, a estimular al deprimido, a bajar la fiebre, a matar bacterias, a corregir déficits, o a estabilizar presiones internas. La vitamina C encajaba muy bien en ese mundo porque era barata, familiar, aparentemente inocua, revestida de naturalidad y defendida por uno de los científicos más prestigiosos del planeta.
Pero muy pocos se atrevieron a señalar que el emperador iba bochornosamente desnudo.
Para empezar, porque la evidencia posterior ha mostrado que, en la población general, tomar vitamina C de forma regular no parece reducir de manera significativa la incidencia del resfriado común, aunque puede acortar modestamente su duración. Cuando se realiza ejercicio físico intenso o se da una exposición a un frío extremo, algunos estudios han observado efectos preventivos más claros. Y, desde luego, tomarla una vez iniciados los síntomas ofrece beneficios mucho menos convincentes. La ciencia, como tantas veces, ofreció una respuesta llena de condiciones y matices que el público no se molestó en desmenuzar. La gente creía haber recibido una antorcha, aunque se trataba de una linterna con instrucciones bastante más modesta. El mito, no obstante, se volvió incontestable: con el pretexto de la vitamina C, llevó a la vida cotidiana, la ingesta habitual — exprimida en un zumo — de una cantidad de azúcar paradójicamente contraindicada.
Sin embargo, con el cáncer, la distancia entre promesa y prueba fue aún más sideral y peligrosa. Pauling defendió la utilidad de la vitamina C en términos que la investigación clínica posterior no confirmó para las megadosis orales. Los ensayos más relevantes no fueron capaces de reproducir los resultados esperanzadores que él había promovido. La investigación contemporánea sobre vitamina C intravenosa pertenece a una línea más específica y técnicamente restringida, vigilada por protocolos y contextos clínicos concretos. Aquello tiene poco que ver con la mitología de la suplementación como salvoconducto general ante la enfermedad.
En cambio, el mensaje prendió. Aunque resulta difícil medir cuántas personas han llegado a creer que la vitamina C curaba el cáncer, las encuestas disponibles suelen agruparla con otros suplementos y terapias complementarias que dibujan una sombra recurrente: una parte relevante de pacientes oncológicos usa suplementos con una confianza que excede a la evidencia; muchos sanitarios se encuentran cada semana con creencias nutricionales engañosas; las redes siguen alimentando la idea de que ciertas sustancias inocuas pueden prevenir, frenar o incluso combatir el cáncer. Aún no estamos ahí, aunque los tratamientos más recientes impulsados por IA son muy prometedores, especialmente para algunos casos. Desde luego, no a través de la simpleza de tomar zumo de naranja a destajo.
Aquel mensaje prendió porque en buena medida lo sostenía Pauling, un Papa con dos premios Nobel que coronaban su cabeza. Porque su trayectoria vital avalaba involuntariamente sus afirmaciones, por más que algunas no pretendieran ser más que meras ocurrencias. Un nombre puede convertirse en un vehículo más veloz que las pruebas que lo acompañan. Una reputación de especial densidad puede llegar a neutralizar a su alrededor cualquier conversación sincera e interpelante que pueda cuestionarla. Como si ofreciera una protección ignífuga frente al fuego de la crítica constructiva.
El efecto Mateo, el halo y la falacia ad verecundiam
Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
Mateo 13:12
Robert K. Merton llamó efecto Mateo a esa acumulación de ventajas que favorece a quien ya dispone de reconocimiento. En ciencia, el investigador famoso recibe más citas que los demás, más oportunidades y, al final, más reconocimiento, que consolida la celebridad, cerrando y alimentando el círculo. Opera como una gravedad social: la masa reputacional curva el espacio de la atención. Quien ya pesa, atrae. Quien queda fuera del foco, necesita una energía desproporcionada para ser visto. Las redes sociales saben mucho de este fenómeno gravitatorio.
En el mundo del conocimiento, el Nobel es quizá una de las formas más concentradas de esa gravedad. Una medalla concedida por una contribución concreta empieza a derramarse sobre toda la persona. Basta observar cuántas citas — muchas de ellas apócrifas — se atribuyen a personajes como Einstein en los más variados temas en los que nunca fue experto, como en política, religión, educación, ecología...1. El premio que reconoce un descubrimiento, una trayectoria o una causa es recibido por el público como una identidad completa, que simplifica perdiendo los matices. Decía Nietzsche, el que filosofaba a martillazos, de sí mismo: yo soy un matiz. Sin caer en su narcisismo, parece oportuno cultivar la humildad propia, y exigir la del resto. Pero somos animales que necesitan alimentarse de referentes, de líderes de opinión.
El lema de la Royal Society — una de las sociedades científicas más antiguas del mundo — reza: Nullius in verba2. Suele traducirse como “no aceptes la palabra de nadie” o “no des por bueno nada sostenido sólo por palabras”: una declaración de independencia frente a la autoridad, y una invitación a verificar las afirmaciones mediante hechos establecidos por la experimentación.
No obstante, ninguna vida humana alcanza para verificarlo todo. Cada vez que tomamos un medicamento, cruzamos un puente, encendemos un ordenador, enviamos a un hijo al colegio o leemos una noticia sobre el clima, descansamos sobre sistemas de conocimiento que no hemos construido personalmente y en los que confiamos. Es la dependencia epistémica descrita por Hardwig: creer sin tener evidencia directa es racional y, además, necesario. Un recordatorio imprescindible frente a los iluminados conspiracionistas. Vivimos en una ciudad de puentes calculados por otros. La sospecha universal, la pornografía de la duda de la que habla Sam Harris, haría imposible caminar. La credulidad universal, por su parte, llenaría la ciudad de precipicios. Así que debemos administrar la autoridad como una economía de la confianza. El pensamiento crítico se las ve constantemente en esa tensión.
La falacia ad verecundiam, o falacia por apelación indebida a la autoridad, surge al aceptar una afirmación por el prestigio de quien la pronuncia, con independencia de las pruebas pertinentes. En esta época de desintermediación, cabe reconocer el valor de la autoridad — un profesor, un científico, un intelectual — porque pueden orientar la atención, ofrecer una primera señal, ahorrar tiempo en medio del ruido. Ninguno, sin embargo, puede permitirse el privilegio de evitar el examen. Un químico genial merece ser escuchado con atención al hablar de química, pero una recomendación médica exige otro régimen de validación: ensayos controlados, revisión independiente, replicación, vigilancia de efectos adversos, comparación con alternativas, evaluación de beneficios reales. La medalla o la biografía no pueden sustituir al método y al ensayo.
Pauling se confió en su poderosa intuición para ver el esqueleto invisible de la materia, y acabó asignándole a la vitamina C una biografía demasiado grande para una molécula tan pequeña. En la medicina clínica, donde la complejidad exige precaución, la intuición necesita someterse a una liturgia, a una disciplina, mucho más lentas. El cuerpo humano rara vez se comporta como una molécula dibujada en una pizarra. Tiene historia, variabilidad, comorbilidades, sesgos, efectos placebo, adherencias imperfectas, medidas ambiguas y desenlaces que se resisten a la limpieza geométrica.
El efecto halo hizo quizá el resto. Cuando alguien brilla en una dimensión, tendemos a proyectar esa luz sobre las demás. El buen orador parece más inteligente, y si su rostro es sereno además proyecta más honestidad. El empresario o el youtuber que triunfa en un mercado o en un formato de entretenimiento adquiere de repente una credibilidad con la que empieza a pontificar sobre educación, vacunas o felicidad. Es un halo que no suele deslumbrar de forma grosera. En su lugar, permea con una delicadeza inadvertida. Como cuando un periodista modera la pregunta ante la autoridad o un lector baja la guardia. La autoridad rara vez necesita imponerse a gritos, y suele infiltrarse mediante una persuasión sutil, que resulta a la postre lo más rentable.
Sin duda, en la propia autoridad también interviene el exceso de confianza, esa resaca de los grandes aciertos, cuando creemos que sabemos. Quien ha visto patrones profundos donde otros solo encontraban fragmentos puede llegar a tomar su intuición por una herramienta universal. Es una tentación comprensible. La mente que ha cruzado varias veces un río por donde parecía imposible acaba sospechando que todos los ríos esconden un vado a su medida. El talento rara vez inmuniza contra el autoengaño. A veces lo vuelve más sofisticado y probable. Una persona mediocre se equivoca con herramientas pobres. Una mente excepcional puede construir palacios argumentales para defender una intuición frágil. Los sesgos no desaparecen al subir de cociente intelectual, de rango académico o de prestigio público. Cambian de vestimenta. Aprenden latín. Citan estudios. Hablan desde estanterías repletas.
Pauling fue probablemente el caso más paradigmático de la llamada “Nobelitis”, esa inflamación del ego y esa deriva de algunos laureados hacia ideas extravagantes o insuficientemente fundamentadas fuera de su campo. Hay premios Nobel que han cruzado disciplinas con fecundidad — no seremos aquí sospechosos de no brindar por la consiliencia —. Aun así, es necesario caminar con prudencia sobre la frontera entre la audacia interdisciplinar y el turismo intelectual, que a veces resulta difícil de trazar. Son bienvenidas las intrusiones luminosas, los extranjeros conceptuales que llegan a una disciplina y se atreven a señalar lo que los residentes habían dejado de mirar. Pero siempre bajo el rigor externalizado en el protocolo que nos objetiva.
Aunque la divulgación científica y el relato mediático necesitan héroes, la ciencia necesita procedimientos, revisiones, réplicas, significación estadística, controles, desacuerdos, prudencia y lentitud. Un Nobel ofrece al público una narración limpia con un protagonista reconocible al que se le otorga una corona. El conocimiento real, no obstante, se parece más a una ciudad excavada un tanto caóticamente por multitud de cuadrillas de obreros, que superponen planos desfasados y corregidos, túneles entrelazados — algunos abandonados — y andamios invisibles.
Para eso debemos incentivar a quienes discrepan. Sin que se dejen arrastrar por el prestigio de ir contracorriente — tan típico en nuestra época de los conspiranoicos — quienes disienten deben estar respaldados para contradecir a la autoridad con argumentos y temple social, con la capacidad para soportar la sospecha de insolencia, y superar el riesgo de parecer alguien pequeño incomodando a un admirado gigante. Muchos entornos intelectuales castigan la objeción aunque proclamen amarla. Las instituciones elogian el pensamiento crítico en discursos solemnes y luego se inquietan cuando alguien lo practica frente a una figura venerada. El pensamiento crítico real rara vez tiene la elegancia abstracta con la que se enseña en las presentaciones y en las clases. A menudo consiste en levantar la mano cuando el ambiente ya ha decidido asentir. Consiste en preguntar, repreguntar, pedir una prueba, una explicación más detallada. Hacerse, en definitiva, esa pregunta cuya sencillez es casi insoportable: ¿cómo lo sabemos?
La historia de Pauling no debería alimentar una burla fácil hacia el genio envejecido. Hay quienes ironizaron acerca de que, después de una vida longeva, falleciera junto a su esposa precisamente de cáncer. Sería injusto quedarnos con esa caricatura, pues fue uno de los científicos más importantes del siglo XX, cuya contribución a la química resultó inmensa, y su activismo antinuclear tuvo consecuencias morales y políticas profundas. La experiencia sobre la vitamina C, en realidad, nos legó involuntariamente una muestra proverbial sobre cómo una autoridad legítima puede desbordar el cauce donde se formó y arrastrar consigo a muchas personas. Pero que tire la primera piedra quien nunca haya confundido su experiencia con la verdad.
Porque todos acumulamos pequeños premios Nobel en privado: un título, un cargo, un acierto profesional, una intuición que salió bien, una etapa de reconocimiento, una reputación ganada en un círculo cercano. Con esos premios invisibles construimos relatos sobre nosotros mismos. Nos decimos que ya conocemos ese tipo de problema, que nuestra experiencia basta, que la nueva situación se parece a la anterior, que nuestra mirada ha sido fiable otras veces. A veces acertamos. Otras veces arrastramos una antigua medalla como si fuera una brújula y terminamos descubriendo que es un lastre que puede acabar conduciéndonos hasta el naufragio. La realidad no concede plazas por oposición con carácter vitalicio. La inteligencia más fértil aprende a dejar sus coronas en la puerta del siguiente laboratorio.
Gracias por leerme.
Uno puede encontrarse todo tipo de frases apócrifas de Albert Einstein que suelen explotar su prestigio científico para validar opiniones en terrenos ajenos a la física, concentrándose principalmente en la religión y el misticismo (como la falsa cadena sobre el mal como ausencia de Dios), la educación y el desarrollo personal (como el célebre mito del pez que trepa un árbol o la definición de locura), la tecnología (la falsa profecía sobre una “generación de idiotas”), la geopolítica (la cita de los palos y piedras en la Cuarta Guerra Mundial) y la ecología o economía (atribuyéndole falsamente alarmas sobre la extinción de las abejas o elogios al interés compuesto).
El lema fue adoptado en su primera carta real, en 1662. La frase procede de Horacio: “Nullius addictus iurare in verba magistri”, algo así como “no estoy obligado a jurar por las palabras de ningún maestro”.





A medida que te leía me acordaba de la caída al abismo de Luc Montagnier. Y bueno, veo que precisamente ese resultaba ser el fondo del asunto.