Nuevos horizontes
El largo plazo camino a Plutón
1992
En aquella primavera, visitando junto a mi familia la Expo de Sevilla, llegué a la conclusión de que mi pabellón favorito había sido el de Italia. El lema que presidía la exposición universal, la más universal de la historia hasta la fecha, fue el de “La Era de los Descubrimientos”, a propósito del quinto centenario del descubrimiento de América. Y ese lema fue interpretado magistralmente por la representación italiana. En el interior del pabellón andaban expuestos, al parecer, los caballos originales de la fachada de la Basílica de San Marcos de Venecia, y grandes obras de la escultura y la pintura de Botticelli a Rafael, que los italianos habían tenido a bien enviar para presumir de su cultura. Yo apenas era un crío, pero de lo que conservo un recuerdo especial es de otros rincones que reunían grandes hitos de la ciencia, la tecnología y el cuerpo humano vinculados a Italia. Una esfera gigante del mundo según Ptolomeo se hallaba suspendida en la entrada del pabellón, fijando el punto de partida de los grandes descubrimientos. Accediendo a las salas recuerdo ver dibujos del hombre de Vitruvio de Da Vinci junto a varias de sus máquinas voladoras, y otros rincones dedicados a Galileo y su telescopio, a la radio de Marconi e incluso a una réplica del laboratorio de Fermi. A través de aquellas comunicaciones, coincidiendo con el bicentenario de su nacimiento, sonaba una reproducción de El barbero de Sevilla de Rossini, padre de la ópera italiana. Mi abuelo nos acompañaba contando sus habituales batallas. Historia, ciencia, tecnología y cultura se daban cita para ilustrar el anhelo humano — y el genio italiano — para explorar nuevos horizontes. Yo, con diez años, quería ser Indiana Jones e investigador de la NASA.
Ese mismo verano de 1992, el científico Robert Staehle llamó a Clyde Tombaugh, el descubridor de Plutón1, para solicitarle permiso para visitar su planeta. El por entonces planeta era el gran desconocido, el enano helado, marginado en los confines del sistema. Andaba huérfano de exploradores, a diferencia de lo que había sucedido con otros planetas, debidamente emparejados con sus respectivas sondas como Marte y Viking, Júpiter y Pioneer o Neptuno y Voyager. Esta ausencia molestaba mucho a Staehle y a otros tantos, que comenzaron a mover los hilos en la NASA para plantear una misión de largo plazo: enviar una sonda espacial que explorase aquellos nuevos horizontes. Con 86 años, el viejo Tombaugh le dijo a Staehle que “era bienvenido, aunque tendría que hacer un viaje largo y frío”. Y qué razón tenía. Antes de cualquier despegue, el viaje comenzó siendo ciertamente largo: enredadas en la burocracia presupuestaria, las distintas propuestas de misiones se fueron acumulando sin que lograran el visto bueno de la NASA. El pobre Tombaugh, que había sido invitado a participar y había declinado ya por su avanzada edad, acabó falleciendo en 1997 sin saber si la misión se llevaría a cabo.
2001
Por fin habíamos llegado a aquel año del nuevo milenio. Un año que había dado título a la famosa odisea en el espacio con la que Kubrik y su co-guionista y famoso escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke habían soñado. Pero la tecnología no había avanzado tan rápido como se prometían en los sesenta. Aun así, seguíamos soñando. Por aquel año, yo andaba con mis primeras asignaturas de la ingeniería de telecomunicaciones, y en la de Introducción a la Ingeniería, recuerdo que nos plantearon el que probablemente fue el problema más sencillo de toda la carrera — lo divertido vendría después. Un problema pensado para familiarizarnos con las unidades de almacenamiento y transmisión de información: en él se comparaba la velocidad de una línea de comunicaciones cuantificada en baudios con el transporte de una serie de discos magnéticos almacenados en el barril de un perro San Bernardo, que era capaz de correr a una velocidad determinada. Simples operaciones y cambios de unidades que hacían una simpática introducción a un tema en boca cada vez de más gente. Porque por aquel entonces Internet despegaba. El acceso en España vivía la transición del módem de 56 kilobits por segundo (kbps), que bloqueaba la línea telefónica, hacia la incipiente banda ancha. El ADSL estándar empezaba a implantarse con una velocidad de 256 kbps de bajada. Los nuevos horizontes de Internet comenzaban a aflorar. Y con aquel Internet yo, al llegar a casa por la noche, me conectaba al Messenger para chatear con una vieja amiga con la que retomaba el contacto, después de haberme forzado a olvidarla porque era la vida que me había tocado perder. Y, sin embargo, sería la madre de mis hijas.
Aquel mismo año fue crucial para que la NASA aprobara definitivamente una misión para explorar Plutón. A lo largo de los años noventa, las distintas propuestas habían ido resultando cada vez más ambiciosas y cada vez más caras, dándose de bruces contra la aritmética presupuestaria: naves demasiado complejas para un destino demasiado lejano, sistemas pensados para el control continuo cuando la señal tardaría horas en ir y volver, como un San Bernardo, y promesas científicas que crecían al mismo ritmo que los sobrecostes. Plutón estaba a miles de millones de kilómetros y cada bit enviado desde allí sería un acto de paciencia cósmica. Sin embargo, el tiempo apremiaba: por la configuración de las posiciones planetarias, urgía aprobar un lanzamiento que aprovechase el correcto alineamiento de los planetas, en particular Júpiter: Una ventana de asistencia gravitatoria se abriría en 2007, permitiendo dar un empujón a la sonda y optimizar su tiempo de vuelo hacia aquel remoto horizonte. New Horizons fue precisamente la propuesta finalmente aprobada gracias a varias renuncias, minimizando instrumentos, reduciendo las aspiraciones de sobrevuelo, y asumiendo que las órdenes de aproximación final críticas para la obtención de datos tendrían que estar precargadas y sin posibilidad de corrección en tiempo real. La misión fue aprobada asumiendo que, tras casi una década de vuelo, con una nave que solo podría susurrar datos a la Tierra, todo dependería de haber calculado y pensado bien cada comando mucho antes de llegar. Hubo gente que no lo vería.
2006
Aquel fue un año de lanzamiento. Acababa de terminar la carrera y empezar a trabajar, pero me había resuelto a seguir estudiando y me estrené aquel febrero con mis primeros exámenes de la carrera de Filosofía por la UNED, que en realidad me había seguido aguijoneando desde que dejé el colegio. Y aquel año comencé mi largo doctorado en economía sobre el desarrollo de la Sociedad de la Información. Con calma, sin prisas. También aquel año dejé mi primer trabajo y, abandonando el mundo de la consultoría, me metí en una empresa de telecomunicaciones en la que permanecería más de tres lustros. Y, en ese mismo año, aquella chica y yo anunciamos una fecha de boda. Un lanzamiento al que mi abuelo no podría venir, porque se hallaba ya postrado en su sillón de orejas por un mareo crónico que le impidió ya leer — su gran pasión — el resto de su vida. Y, junto a aquel anuncio, aquella chica y yo nos lanzamos a comprar una casa, tras endeudarnos hasta las cejas en pleno ascenso de la burbuja inmobiliaria que estallaría pocos años después. Junto a los buenos lanzamientos siempre hay estallidos.

Habían pasado, de hecho, 17 años desde aquella explosión del transbordador Challenger de 1986 y casi noventa expediciones espaciales sin ningún accidente grave, pero el estallido del Columbia de 2003 había provocado un nuevo escalofrío en las planificaciones de la NASA. A pesar de ello, el proyecto New Horizons sobrevivió en los despachos, tras amenazar con desaparecer intermitentemente de sus presupuestos. Porque enviar una sonda a miles de millones de kilómetros para obtener datos que tardarían años en llegar parecía, para muchos, un lujo prescindible, totalmente a merced de los recortes, reevaluaciones y cambios de prioridades. Sin embargo, en junio de aquel año se produjo finalmente su lanzamiento. El despegue, a bordo de un Atlas V, fue un éxito técnico con la vista en el horizonte: salir de la Tierra a una velocidad nunca antes alcanzada por una nave interplanetaria2 , cruzar la órbita de la Luna en horas y dejar atrás los planetas interiores ya sin posibilidad de marcha atrás. Desde ese instante, la misión quedó entregada a la mecánica celeste, a trayectorias calculadas al milímetro y a una paciencia institucional poco habitual, consciente de que durante años no habría imágenes espectaculares ni titulares, solo telemetría rutinaria y silencio. Además de sus instrumentos científicos, la sonda llevaba una colección de medio millón de nombres recopilados por el sitio web de la misión, guardados en un CD, una bandera de Estados Unidos, una moneda de 25 centavos de Florida y cenizas del propio Clyde Tombaugh. Su planeta le esperaba.
2014
En ocho años pasan muchas cosas. Nos casamos, tuvimos a nuestra hija mayor, nos mudamos, y estábamos esperando a la pequeña, que nacería ese mismo año. En el trabajo había progresado, aprendiendo y ayudando a diseñar servicios de integración y servicios gestionados, en comunicaciones y ciberseguridad fundamentalmente, creciendo en la gestión de equipos de preventa y desarrollo de negocio. En paralelo, disfrutábamos de los amigos y la familia y, en mis ratos libres, de mis lecturas de filosofía con tanto interés como disciplina, pues había ido planificando el ritmo de las asignaturas para terminar la carrera a tiempo, porque con dos niñas ya no sería igual de factible dedicar tantos ratos al estudio. Ese año hice mi último examen y concluí mi viaje académico con la filosofía. El doctorado, a un ritmo intermitente, quedaría como último resquicio. Y aquel año, un día antes de que mi pequeña naciera en julio, mi abuelo se despidió de nosotros, en una triste y al mismo tiempo bonita sincronía con la que la vida se renueva de vez en cuando. Y aquella nueva vida, desde bien temprano, como su hermana, se mostró despierta, viva, interesada. Y cuando se acaba el Universo, ¿qué es lo que hay?

Ocho años después de que partiera, la New Horizons salió del último modo de hibernación en que se había adentrado para conservar su consistencia, trayectoria y energía. Estaba llegando a su destino primordial. Sin enterarse de que en la Tierra aparecieron los smartphones, hubo una Gran Recesión, se levantó la Primavera Árabe y Rusia invadió Crimea. Después de haber aprovechado el empujón de Júpiter con éxito y ahorrar tres años de vuelo, aquel año la sonda salió del letargo para ralentizar su velocidad y comenzar su aproximación para sobrevolar Plutón quien, acompañado de su enorme satélite, Caronte, aguardaba la primera visita que conozcamos. Y la sonda entonces comenzó a captar datos, a hacer que las imágenes de píxeles borrosos de colores verdes y rosados que habíamos sido capaces de obtener hasta entonces empezaran a mostrar continentes definidos, montañas estremecedoras y llanuras heladas, a unos 230 grados bajo cero. Incluso pudo comprobar una atmósfera que iba y venía, según la vaporizara el Sol. En el momento adecuado, se transmitieron a la sonda las órdenes específicas, a más de 4.700 millones de km, con un retardo de comunicaciones de unas 4,5 horas por cada trayecto. Sólo hacía falta contener el aliento.
Pocos días antes de que mi hija pequeña cumpliera el añito, el cuatro de julio, una sobrecarga del sistema informático hizo que la nave entrase en modo seguro. Un incidente crítico para la misión. El equipo en Tierra apenas disponía de 72 horas para recuperar el sistema. El éxito de toda una misión de cientos de millones de dólares, planificada durante años, tras recorrer una distancia de miles de millones de kilómetros a lo largo de casi una década, pendía de un hilo. Por aquella diminuta conexión, que apenas enviaba unos centenares de bits por segundo, consiguieron restaurar el sistema. Mi pequeña soplaba su primera vela, y el 14 de julio se logró alcanzar la máxima aproximación a Plutón, a unos 12.500 km de altura, tras nueve años y medio de vuelo. Unos 50 gigabits de datos se acumularon, y se enviaron a unos 2 kbits por segundo a lo largo de los siguientes 16 meses. Ese mismo tenue hilo — cientos de miles de veces más lento que el de cualquiera de nuestros móviles actuales — nos conectó con los confines del sistema solar. Una composición de las imágenes captadas nos deja con la boca abierta.
2025
Ya tengo hijas adolescentes. La menor ha vivido tanto como para llegar a Plutón. Acabé el doctorado en economía que me dio para escribir un libro del que ya os he hablado, y he vuelto a cambiar de trabajo. Van apareciendo canas y achaques. Algunos seres queridos ya no están, algunos amigos se marchan, otros nuevos aparecen. Y la New Horizons sigue su rumbo, más de una década después de aquel hito, como la botella de un náufrago lanzada al vasto océano del universo, quizá esperando quien la encuentre, pero siendo capaz de comunicar a su remitente descubrimientos que no están al alcance de nadie más. Como el que este año ha transformando nuestra visión del sistema solar exterior, al detectar niveles inesperados de polvo que sugieren que el Cinturón de Kuiper es mucho más extenso de lo previsto o que existe un segundo cinturón más allá de las 60 Unidades Astronómicas, unos 9.000 millones de kilómetros. Siguen apareciendo nuevos horizontes que explorar, incluso por delante de la New Horizons, pues ya casi hemos alcanzado, en medio siglo, la distancia que la luz cubriría en un día3. La Tierra desde allí es apenas una mota de polvo, un punto azul pálido como diría Carl Sagan. Insignificante y efímera en el vasto cosmos.
Para proseguir en su larga empresa, la New Horizons ha tenido que volver a vérselas con los presupuestos y su propia sostenibilidad. A fin de asegurar su continuidad operativa como misión multidisciplinar de heliofísica y planetaria, la sonda entró en agosto en un nuevo periodo de hibernación, tras haber completado con éxito un innovador mapa ultravioleta de la Vía Láctea y haber sido capaz de asumir nuevas capacidades de navegación autónoma. Actualmente, la nave continúa alejándose del Sol a gran velocidad, con el objetivo de alcanzar el choque de terminación — allá donde el viento solar deja de empujar — hacia 2027 y buscar un posible tercer objetivo de sobrevuelo mediante el uso de nuevos observatorios terrestres. Confiando en que el desarrollo de la tecnología dibujará para entonces nuevas posibilidades que hoy no somos capaces de imaginar, como lo intentaran Kubrik, Clark y tantos otros.
Suelen atribuirle a Tagore ese aforismo que dice que el hombre que planta árboles sabiendo que nunca se sentará a su sombra ha empezado a entender el significado de la vida. En el cortoplacismo acelerado digital, político, social y personal en el que vivimos, asomarse a estos proyectos de tan largo plazo capaces de extender los horizontes humanos siempre es inspirador. Y estremecedor cuando se los compara con los hitos de la propia vida, que acaba comprendiendo que lo que realmente merece la pena requiere tiempo. O como cantaba Silvio Rodríguez:
Lo más terrible se aprende en seguida
y lo hermoso nos cuesta la vida
Gracias por leerme.
A mediados del siglo XIX, los astrónomos habían deducido la existencia de planetas invisibles a partir de la órbita inestable de Urano, un planeta descubierto accidentalmente por William Herschel en 1781. Al encontrar Urano, Herschel había duplicado el tamaño del sistema solar: su nuevo planeta se encontraba a casi 3.200 millones de kilómetros del Sol, en comparación con los menos de 1.600 millones de kilómetros de Saturno, el planeta más distante que los antiguos habían conocido. En el furor que siguió al descubrimiento de Herschel, los astrónomos rastrearon la posición de Urano y compararon su órbita observada con la trayectoria predicha por las leyes de Kepler y Newton. Las discrepancias, medidas en miles de kilómetros, sugerían que otro planeta, aún más alejado del Sol, debía estar desviando a Urano de su trayectoria. Estos cálculos condujeron al descubrimiento de Neptuno desde la teoría en 1845: Le Verrier en Francia y Adams en Inglaterra, de forma independiente, dedujeron su existencia solo con ecuaciones. Un año después, Galle, guiado por los cálculos publicados de Le Verrier, lo localizó en el cielo casi exactamente donde se había predicho. Pero ni siquiera Neptuno podía explicar todo el desplazamiento en la órbita de Urano, por lo que la búsqueda de planetas continuó. El astrónomo estadounidense Percival Lowell buscó en vano lo que llamó Planeta X hasta su muerte en 1916. Catorce años después, Tombaugh, entonces un joven de 24 años que trabajaba en el observatorio de Lowell en Arizona, encontró el esquivo planeta gracias a una tenaz persistencia y nuevas técnicas.
New Horizons no fue la nave más rápida de la historia, pero sí tuvo el mejor arranque: abandonó la Tierra alcanzando unos 16,26 km/s (58.500 km/h) en el momento del lanzamiento, un récord entonces en velocidad de escape terrestre. Con el tiempo, otras sondas la superaron en velocidad: Voyager 1 viaja hoy a unos 17 km/s respecto al Sol gracias a sus asistencias gravitatorias, y el récord absoluto lo ostenta Parker Solar Probe, que en sus perihelos ha superado los 190 km/s (más de 680.000 km/h), convirtiéndose en el objeto más rápido jamás creado por el ser humano.
Voyager 1 es el objeto más alejado jamás enviado por el ser humano. Hoy está a unos 25,3–25,4 mil millones de kilómetros de la Tierra, lo que equivale a casi 170 unidades astronómicas. A esa distancia, una señal de luz tarda aproximadamente 23 horas y 30 minutos en llegar hasta allí. Según proyecciones de la NASA y de fuentes especializadas, la sonda cruzará la marca simbólica de un light-day — es decir, la distancia que recorre la luz en 24 horas, unos 25,9 mil millones de km — en noviembre de 2026, casi 50 años después de su lanzamiento en 1977.






Ojalá este año, o el futuro próximo, nos traiga más proyectos como la New Horizons, donde la humanidad y el conocimiento se imponen al cortoplacismo en el que estamos inmersos.
Un abrazo!
Precioso texto, teñido de optimismo y sabiduría vital.
Feliz Año 2026 y aquí tienes un amigo para lo que quieras.