La psiquiatría no se ejerce en el vacío. Tanto su práctica como sus pacientes — al igual que tantas otras profesiones y conciudadanos — se encuentran inmersos en la revolución de la información que estamos viviendo, particularmente protagonizada en los últimos años por la efervescencia de la IA. Y eso ha hecho que el trigésimo cuarto Curso nacional de actualización en psiquiatría, celebrado en Vitoria esta semana pasada, haya querido llevar por lema Psiquiatría conectada: IA y el futuro de la terapéutica. No en vano, las publicaciones científicas han catapultado más allá de una moda pasajera los términos de psiquiatría e IA.

En las jornadas se han tratado temas de enorme interés bajo este enfoque. Y, aunque no soy psiquiatra, la organización me encomendó realizar la conferencia inaugural para tratar de ofrecer un posible marco interpretativo, un contexto que pudiera ayudar a entender los paralelismos, las oportunidades y los riesgos que la historia apasionante del crecimiento de la información nos brinda en esta hora.
Porque la historia humana — como ya he compartido en repetidas ocasiones — puede leerse como historia del crecimiento de la información, una opción biológica que ha permitido densificar nuestra cooperación, proyectarla en la tecnología, externalizar nuestra memoria, hacer crecer nuestra legitimidad, nuestra complejidad económica y nuestro conocimiento. Porque la alfabetización, la difusión de ideas, la innovación, la ciencia y, en último término, la gestión eficaz de mayores volúmenes de información han permitido a través de sucesivas olas — revoluciones de la información como las del lenguaje, la escritura, la imprenta y la de esta cuarta revolución digital — el florecimiento de miles de millones de personas a lo largo de la historia.
Para la psiquiatría hay oportunidades evidentes: a través de las tecnologías de la información es posible ampliar, en primer término, el perímetro terapéutico y el acceso atencional. El seguimiento longitudinal de pacientes abre oportunidades de atención inimaginables en los albores de esta práctica médica. Pero la gestión masiva de datos está permitiendo ir más allá y cimentar una psiquiatría cada vez más predictiva y preventiva ante recaídas, sobre patologías como la depresión profunda o las tendencias suicidas. Bien me decía uno de los jefes de psiquiatría que según sus modelos más que el código genético resulta determinante el código postal. El fenotipado digital está así permitiendo hacer un seguimiento personalizado y continuo del estado mental. Y esta personalización se está acentuando con terapias y farmacoterapias regidas por biomarcadores individuales, que además optimizan los ensayos clínicos y sus conclusiones. Como con otras disciplinas de fundamento bioquímico — como las que se apoyan en el descubrimiento de proteínas inalcanzables hasta ahora y que han valido un Nobel —, la IA está teniendo un papel creciente en el diseño y descubrimiento de nuevos fármacos, así como en el reposicionamiento de fármacos existentes. Su papel en el diagnóstico precoz está asimismo creciendo, precisamente mediante la interpretación algorítmica del lenguaje, de la voz y de los rasgos faciales. Y se está introduciendo no sólo como un copiloto profesional psiquiátrico que asiste al clínico y optimiza el flujo asistencial, sino que además está inyectándose de forma tentativa en la terapia digital mediante agentes terapéuticos. Aunque, personalmente, creo que el paciente no busca en su terapeuta solo el trato profesional sino también la conexión humana, y sin ella, soy escéptico con esta terapia digital.
Sin embargo, indudablemente, como toda tecnología conlleva su propio accidente, también existen riesgos inquietantes en esta revolución de la información que están haciendo aparecer escenarios desafiantes para la psiquiatría: la infoxicación o infobesidad generan una ansiedad basal y una fatiga cognitiva en buena parte de la población que se asocian al estrés persistente y a la aceleración del tiempo psicológico. Ante la escasez de atención, la economía emergente esta facilitando su fragmentación y dificultando la agencia, estimulando la impulsividad y distorsionando el juicio clínico y social, lo que favorece no sólo la polarización emocional sino también el autodiagnóstico indebido (véase por ejemplo el caso polémico de los crecientes casos de TDAH o autismo). La psiquiatría — como tantas otras disciplinas que han perdido credibilidad y prestigio con la desmediatización horizontal de Internet — tiene un reto pedagógico. Por su parte, la hiperestimulación dopaminérgica digital está generando conductas compulsivas y nuevas formas de adicción enganchadas a scrolls infinitos que, paradójicamente, acentúan la epidemia de soledad — particularmente preocupante en la adolescencia — en un mundo hiperconectado. Nuevos riesgos en la antropomorfización de agentes conversacionales de IA que se entrometan en nuestros circuitos oxitócicos pueden ser dañinos para las personas más vulnerables y psicosocialmente frágiles. Y, en general, la delegación excesiva en la tecnología que devenga en abdicación del juicio y del criterio pueden reducir nuestra agencia y alimentar esa “ansiedad de IA” ante el miedo por el riesgo existencial, o la pérdida de sustento y de propósito por el desempleo tecnológico.
No parece razonable adoptar una postura ludita, pero tampoco ingenuamente tecnosalvadora. Para la psiquiatría hay inmensas oportunidades en la explotación de la creciente información pero es preciso evitar la deshumanización por un exceso de datificación de la relación clínica. Se trata, pues, de tender un equilibrio sobre la IA y esta nueva ola informacional que, probablemente, traerán enormes progresos y riquezas a medio plazo, pero que en el corto están generando desajustes psicológicos, sociales, éticos y políticos que exigen aprendizaje colectivo y gobierno. Como ese neurodivergente que fue Claude Shannon — con quien empecé la conferencia — que hacía malabares sobre un monociclo por los pasillos de los laboratorios Bell, hoy nos toca, ante una ola bastante imparable, mantener el equilibrio sobre ella.
Os dejo la grabación de la conferencia.
Gracias por leerme y, en este caso, verme y escucharme.










