La biblioteca que prendió a la tecnología
Cómo mil años de libros prepararon el terreno para el crecimiento moderno
Las historias del crecimiento económico suelen anudarse alrededor de objetos tecnológicos como el arado pesado, el reloj, la imprenta, la máquina de vapor, el telégrafo, el ferrocarril, la electricidad, o el transistor. Cada artefacto parece añadir un peldaño a la escalera por la que las sociedades occidentales escaparon de la pobreza milenaria fraguando revoluciones tecnoeconómicas. Sin embargo, antes de que una máquina pudiera transformar el mundo, alguien tuvo que imaginarla, defenderla, financiarla, perfeccionarla con paciencia y persuadir a los demás de que la novedad merecía abrirse paso entre las costumbres.
Bajo la corteza visible de toda tecnología siempre existe un estrato más profundo. Uno compuesto por las actitudes que una sociedad cultiva hacia la autoridad, la autonomía, la incertidumbre, el esfuerzo, el futuro y el cambio. Una invención puede nacer en la cabeza de un individuo pero su fecundidad depende del clima intelectual que la recibe. Mientras que algunas culturas obligan a las ideas a germinar entre piedras, otras han logrado ofrecer pequeños y fructíferos invernaderos.
Desde Weber hasta Acemoglu y Mokyr, la cultura ha ocupado un lugar decisivo en las explicaciones del ascenso económico de Occidente y la gran divergencia que experimentó con respecto al resto del planeta: como ética que disciplina la conducta, como entramado de creencias que sostiene las instituciones o como mercado intelectual que concede prestigio al conocimiento útil. Pero más allá de los ingredientes materiales del crecimiento (población, energía, salarios, comercio, urbanización, inversión, alfabetización, patentes..,), la historia económica encontraba muchas dificultades para caracterizar esa escurridiza cultura que subterráneamente moldea el relieve. ¿Cómo averiguar cuánto valoraba una sociedad del siglo XIII la autonomía personal? ¿Cómo saber cuánto se admiraba en una época la experimentación, la obediencia, la certeza, la gloria inmediata o la paciente construcción del futuro?
La IA también está rompiendo estos desafíos, abriendo nuevos terrenos para entender mejor el pasado. Y así se están incorporando en recientes trabajos como el del economista Radosław Stefanski, que ha tratado de medir esa atmósfera y cuantificar la influencia cultural rastreando el espíritu de los tiempos por los estantes de sus bibliotecas. En los intersticios de las palabras, conectadas por significados que la tecnología ya puede destilar, puede detectarse esa visión epocal que desde los primeros juntaletras venimos proyectando en nuestros libros.
En el artículo Cultural Capital and the Productivity of Ideas: Evidence from Historical Texts que acaba de publicar, Stefanski ha utilizado modelos de lenguaje para leer más de 23.000 obras del canon occidental, escritas entre los años 1000 y 1920, y analizar las posiciones culturales que sus autores respaldan sobre la jerarquía, la autonomía individual, la incertidumbre, la competencia, el disfrute y la orientación hacia el futuro. Esas puntuaciones se pueden acumular después como un stock de capital cultural heredado: una memoria colectiva que en parte se renueva con cada nuevo libro y que en parte conserva durante generaciones el eco de los anteriores, siempre ante el dilema entre innovar y conservar.
A partir de cuatro de esas dimensiones, Stefanski construye una cuña de innovación: una medida de la resistencia cultural que encuentran las nuevas ideas. En uno de sus lados pesan la deferencia hacia la autoridad y el temor a lo incierto; en el otro, la autonomía intelectual y la paciencia necesaria para invertir en resultados lejanos. El resultado es demoledor: entre 1000 y 1920, esa cuña se reduce aproximadamente un 51%. Los textos occidentales se vuelven gradualmente menos jerárquicos y dogmáticos, mientras conceden mayor valor al individuo, la adaptación y la planificación a largo plazo. Y la transformación adopta la forma de un deshielo secular: algunas grietas aparecen ya durante la Edad Media, se ensanchan con el Renacimiento y la Reforma, y terminan formando una corriente poderosa en la Europa de la ciencia moderna y la industrialización. Cuando, además, este factor se introduce en un modelo de crecimiento, se comprueba que aquella transformación prácticamente habría duplicado (1,78) el crecimiento de una cultura que hubiera que hubiera permanecido congelada en los valores del año 1000.

Entre 1500 y 1700 se produjeron dos tercios de aquella primera aceleración sostenida del crecimiento de la productividad. Pero sorprende que incluso en la Edad Media — antes de la expansión del reloj mecánico del que hablara Mumford, bastante antes de la revolucionaria imprenta y mucho antes de la Revolución Científica que engendró los primeros automatismos mecánicos — se identificara ya un cambio en el sentir cultural. Un cambio que se puede rastrear también geográficamente y que hace de este artículo una delicia que enriquece la historiografía económica más reconocida1, y que se enmarca entre otras aproximaciones que desde otros cánones como el chino o el indio se están desarrollando.
La cultura, ese capital sin balance
La economía llama capital a aquello que acumula capacidad productiva: herramientas, infraestructuras, conocimientos, habilidades. Stefanski extiende esta lógica hacia los valores transmitidos entre generaciones. Una sociedad hereda maneras de juzgar la autoridad, afrontar el riesgo, imaginar el futuro y conceder prestigio a determinadas actividades. Ese legado modifica el rendimiento de los recursos disponibles del mismo modo que la fertilidad del suelo condiciona la cosecha obtenida de una semilla.
La analogía funciona porque la cultura posee memoria. Un libro escrito hace siglos puede seguir actuando a través de la escuela, el derecho, la religión, la imitación, las instituciones y la formación del canon. Cada obra añade una capa a un terreno ya sedimentado; las antiguas pierden fuerza con lentitud y continúan mezcladas con las posteriores. El resultado se parece a un acuífero moral, un depósito invisible alimentado por generaciones de textos, relatos y modelos de conducta.
El corpus de estas obras analizadas en el artículo procede de Project Gutenberg, e incluye obras escritas en inglés y traducciones de textos compuestos en otras lenguas. Cada traducción se asigna al lugar y al momento de creación de la obra original, de modo que una edición inglesa de Maquiavelo entra en la serie como una obra florentina de 1513. El conjunto representa la tradición literaria occidental preservada y transmitida en inglés, con un núcleo mediterráneo y europeo que termina extendiéndose hacia el Atlántico norte.

Cabe advertir que los puntos más antiguos se concentran en la cuna de la tradición clásica occidental, alrededor del Mediterráneo y Oriente Próximo. La densidad se desplaza después hacia Europa occidental y Norteamérica. Las obras situadas en Asia, África u Oceanía suelen corresponder a colonos, misioneros o viajeros occidentales. El mapa describe la geografía del archivo y evita confundirla con un censo mundial de la producción literaria.
Esta delimitación resulta decisiva. Los libros estudiados reflejan principalmente la cultura duradera de las minorías alfabetizadas que escribieron, enseñaron, gobernaron y participaron en la producción de conocimiento. Durante gran parte del período, la experiencia de campesinos, artesanos, mujeres apartadas de la escritura y poblaciones colonizadas aparece filtrada por voces ajenas, y no sin consecuencias como luego comentaré. Pero puede reconocerse que el artículo estudia el clima intelectual de las élites culturales, precisamente el estrato donde Mokyr sitúa buena parte de la transformación que preparó el crecimiento moderno.
La innovación metodológica más interesante del trabajo surge de su capacidad para distanciarse de la mera contabilidad estadística de términos clave, como “esclavitud”, para tratar de centrarse en el significado de lo que el texto está respaldando. La aparición de ese término incrementará la presencia estadística de la jerarquía tanto en un tratado que la justifica como en una autobiografía que denuncia su violencia. Una sátira puede emplear el vocabulario de la crueldad para volverla intolerable mientras que un personaje puede pronunciar ideas que la arquitectura moral de la novela termina castigando2.
La IA lee, por tanto, la postura del libro dentro de su contexto. Distingue entre aprobación, rechazo, sátira, ironía y mera descripción, y traduce esa interpretación a seis dimensiones inspiradas en el marco de Geert Hofstede:
La distancia al poder recoge la preferencia por la jerarquía, la autoridad y el orden frente a la igualdad, la descentralización y el mérito.
La aversión a la incertidumbre contrapone reglas, claridad y dogma a experimentación, ambigüedad e innovación.
El individualismo mide autonomía, identidad personal y derechos.
La orientación al largo plazo identifica ahorro, educación, adaptación pragmática e inversión dirigida hacia resultados futuros.
La competitividad incorpora logro, fortaleza y éxito material.
La indulgencia refleja gratificación, diversión y libertad frente a disciplina ascética y restricción social.
Es cierto que medir es mutilar, pero sin manejar conceptos el mundo nos resulta ininteligible. Estas categorías sirven como brújulas modernas colocadas sobre paisajes antiguos que comprimen la riqueza de una tragedia griega, un sermón medieval o una novela victoriana en seis coordenadas. Y esa reducción hace posible comparar miles de obras durante nueve siglos aunque introduzca el riesgo de malinterpretar mundos morales remotos mediante un vocabulario contemporáneo. El artículo intenta contener ese anacronismo con definiciones precisas. La orientación religiosa hacia la eternidad, por ejemplo, solo cuenta como largo plazo cuando se vincula con educación, inversión, adaptación o planificación práctica en este mundo.
Y lo hace metiendo además al humano en el bucle — human in the loop: El estudio valida sus lecturas automatizadas mediante varios espejos externos. Especialistas en literatura y lenguas compararon parejas de libros sin conocer las puntuaciones del sistema y coincidieron con la dirección marcada por el modelo en el 93% de los contrastes que podían juzgar con claridad. Las series nacionales muestran asociaciones modestas con encuestas culturales modernas, especialmente en individualismo, orientación al largo plazo y aversión a la incertidumbre. Un segundo archivo de casi 5.000 obras reproduce además la dirección general de la transformación. Estas comprobaciones sostienen la solvencia de la señal cultural detectada, aunque sea matizable la precisión de cada libro y cada decimal.
La cuña que atraviesa nueve siglos
A partir de cuatro dimensiones, Stefanski construye su Innovation Wedge, un indicador que resume la resistencia que encuentran las ideas nuevas, la cuña cultural que dificulta la innovación. Y en sus tripas se halla, a favor, la distancia al poder y la aversión a la incertidumbre, pues el peso de la autoridad y la preferencia por caminos conocidos apuntalan esa cuña. Pero en esas mismas tripas también sitúa, en contra, el individualismo y la orientación al largo plazo: la legitimidad del juicio propio y la paciencia necesaria para perseguir beneficios remotos transformadores debilitan esa cuña. Cuando es elevada, la cuña describe una cultura donde disentir resulta costoso, experimentar parece temerario y la recompensa futura pesa poco frente a las obligaciones heredadas. Una cuña reducida, en cambio, ofrece mayor espacio para cuestionar, probar, corregir y perseverar hasta la innovación disruptiva.
El resultado es asombroso: Entre 1000 y 1920, la cuña cae globalmente de 2,05 a 1,01. La distancia al poder desciende de 77,4 a 55,2 y la aversión a la incertidumbre pasa de 84,5 a 64,4. El individualismo asciende de 36,8 a 50,5 y la orientación al largo plazo — tan emparejada con la idea ilustrada del progreso — avanza desde 42,2 hasta 67,5. Cada componente contribuye al movimiento general. La transformación afecta a lo que los textos valoran, mientras la frecuencia con la que adoptan una postura permanece prácticamente estable.

Antes del año 1000, varias dimensiones se mueven hacia una mayor fricción: crecen la jerarquía, la exigencia de certeza y la competitividad, mientras retroceden la autonomía y la orientación práctica hacia el futuro. Después comienza una inversión secular. El mismo procedimiento estadístico produce primero una subida y luego una caída, un dato que reduce la sospecha de que el descenso moderno haya sido fabricado por la forma de acumular los libros.
La cronología introduce una sorpresa todavía mayor. El movimiento arranca mucho antes de la Edad Moderna: La orientación al largo plazo registra su mayor avance durante los siglos XI y XII y la aversión a la incertidumbre retrocedió con especial intensidad entre los siglos XII y XIII, aunque cambiaron de tendencia en torno al siglo XIV. Creo que ahí puede identificarse cómo el optimismo hacia el futuro creció con la mejora de las cosechas experimentada con la entrada en el período climático medieval, y cómo eso se revirtió cuando finalizó, con la llegada de las hambrunas y la peste negra en la crisis del siglo XIV, lo que a su vez acabaría estimulando la innovación.
Por su parte, el individualismo ganó terreno algo después. La caída más fuerte de la distancia al poder llega entre comienzos del XVI y comienzos del XVII. Es difícil ahí no observar un correlato con la cristalización de la disidencia con la Reforma protestante que fraguó gracias a la imprenta, con el crecimiento de la alfabetización propiciado por sus tesis que aumentó la autonomía crítica, y con la pérdida de la vetusta legitimidad medieval que imposibilitó en ciertas regiones de Europa que la censura llegase a todos sus rincones.
La modernidad cultural fue un deshielo largo. Las primeras grietas aparecen en plena Edad Media, se ensanchan con el Renacimiento, la Reforma y la revolución científica, y terminan alimentando la corriente de la industrialización. Universidades, traducciones, ciudades comerciales, controversias escolásticas, redes religiosas y nuevas formas de cooperación entre desconocidos pudieron actuar como afluentes. El artículo carece de instrumentos para repartir causalmente el caudal entre ellos, pero es imposible no escuchar sus ecos. La serie revela que el terreno ya estaba moviéndose mucho antes de que el humo de las fábricas cubriera el horizonte.
La geografía de una mudanza cultural
La transformación detectada por Stefanski fue histórica pero también geográfica. En el trabajo distribuye los libros por su lugar de origen, construye stocks culturales sobre un mapa, particularmente el europeo, y representa qué regiones ocupaban, en cada momento, la parte baja y alta de la cuña de innovación.

La interpretación de estos mapas es tentadora, aunque deben leerse con cuidado. Cada mapa ordena Europa dentro de su propio año, de manera que los colores muestran posiciones relativas y carecen de una escala absoluta común entre fechas. La serie temporal indica que la fricción agregada disminuye; el mapa revela dónde se situaban, en cada momento, sus zonas comparativamente más bajas y más altas.
La secuencia dibuja distintos escenarios sobre los que el artículo apenas se moja pero con los que a mí me resulta irresistible especular:
La frontera de menor fricción parte del Mediterráneo y el Adriático, oponiendo hacia el año 500 un espíritu distinto entre la Grecia del Peloponeso y el Asia menor, ambas por entonces bajo dominio romano, pero herederas de tradiciones históricas distintas, con las polis griegas que llegaron a alcanzar regímenes proto-democráticos a un lado, y la península de Anatolia disputada durante siglos por los distintos imperios persas al otro.
Hacia el año 1000, la frontera ha atravesado el corredor italiano y centroeuropeo y dibuja un panorama en el que se advierte el peso bizantino-griego todavía conectado con tradiciones urbanas, comerciales y letradas de larga duración, mientras que Francia y las islas británicas aparecen en tonos más oscuros, en un occidente feudal cuya literatura preservada concedía mayor peso a la jerarquía, la obediencia y el orden heredado. Aunque la muestra de texto es muy reducida para sacar ulteriores conclusiones, especialmente en regiones como la Alemania occidental que tanto clarea.
En el mapa de 1500, además de la región balcánica y la italiana de las ciudades comerciales como Venecia, me llama la atención la península ibérica, que conserva zonas relativamente claras en vísperas de su posterior oscurecimiento. Quizá cabe percibir aquí la resonancia tardía de Al Ándalus y de la llamada Escuela de Traductores de Toledo: zona de frontera y de intercambio, con ciudades, comercio, medicina, filosofía y traducciones que habían conectado durante siglos la cultura europea con los saberes árabes y clásicos, a través del humanismo ibérico, las redes mediterráneas o la expansión universitaria.
En el mapa de 1600, la fractura parece eminentemente confesional: la Europa central y septentrional reformista avanza hacia posiciones más abiertas a la autonomía y la discusión de la autoridad, mientras que la península ibérica se oscurece bajo la disciplina doctrinal de la Contrarreforma y la Inquisición. La imprenta, las guerras religiosas, la alfabetización bíblica y la consolidación de los Estados entrelazan sus efectos en un mapa que refleja una Europa intelectualmente escindida.
En el mapa de 1700 parece encenderse la ilustración francesa mientras se expanden academias, sociedades científicas, salones y una esfera pública que va a ir aumentando su crítica al poder absoluto. Una antesala cultural de una Ilustración que se expandirá en el mapa de 1750 por un corredor centroeuropeo más amplio tejido por una República de las letras emergente. En ella, la razón, la experimentación y la confianza en el progreso comenzarán a abandonar los círculos eruditos para ir formando una nueva gramática pública, preparando el terreno intelectual de las revoluciones posteriores.
Me ha resultado llamativo que las islas británicas permanezcan relativamente oscuras incluso durante su indiscutible liderazgo en el ascenso científico e industrial. Creo que la escala del mapa le pasa algo de factura, porque el estudio muestra explícitamente que Inglaterra redujo profundamente su cuña cultural entre 1500 y 1800, pero otros territorios continentales alcanzaron valores todavía menores. También el diseño del indicador le afecta: la orientación al largo plazo premia la adaptación pragmática, la inversión y la planificación material, pero la preocupación religiosa por el futuro, la reputación, el honor, la continuidad de la tradición y las obligaciones sociales puntúan en el polo contrario. Sin embargo, una parte sustancial de la cultura británica emergente de la Revolución inglesa — puritanismo, deber protestante, lealtad institucional y después moral victoriana — puede expresar paciencia y disciplina de una forma que el indicador reconoce imperfectamente. Además, la competitividad y la búsqueda del logro quedan fuera de la Innovation Wedge, aunque pudieron resultar fundamentales para el dinamismo británico. En el caso de la capacidad innovadora británica quizá el indicador explica menos frente a otros factores como las instituciones, la energía, el capital, las redes científicas y comerciales o el conocimiento artesanal. La fábrica inglesa quizá se adelantó más a su literatura. Aunque me atrevo incluso a especular con que el hecho de que el idioma de los textos que alimentaron el modelo haya sido el inglés — original o traducido — haya podido también se determinante3.
La descripción geográfica del artículo de Stefanski también conecta con otra idea muy interesante y que refuerza la tesis hegeliana del desplazamiento del epicentro mundial hacia el oeste de la que ya os hablé. Las ideas prosperan allí donde coinciden un suelo cultural receptivo, una infraestructura institucional adecuada y unas condiciones económicas capaces de sostenerlas. Su fertilidad cambia con las rutas comerciales, las universidades, las imprentas, las reformas religiosas, las ciudades y las redes de conocimiento. Y ese ecosistema de innovación carece de domicilio permanente.

El desplazamiento del epicentro económico y en buena medida geopolítico desde Atenas hacia Roma, o de Bizancio a las ciudades italianas, después hacia los Países Bajos y de ahí a Gran Bretaña y a Estados Unidos coincide poderosamente con este movimiento del centro de masas en el que las ideas encuentran menor resistencia cultural que el artículo encuentra. La brújula de la historia parece seguir ese itinerario de las zonas donde disentir resultaba más barato, experimentar más legítimo y esperar el fruto de una investigación más razonable. Y la coincidencia no es sólo con aquella visión eurocéntrica que tuvo Hegel hace dos siglos. También con buena parte de la literatura económica de los grandes laureados de los últimos años.
La sombra cuantitativa de dos premios Nóbel
Joel Mokyr ha situado el origen del crecimiento moderno en una transformación de la cultura intelectual europea, especialmente intensa entre 1500 y 1700. La imprenta, las academias, la competencia entre Estados y la República de las Letras favorecieron un mercado donde las ideas podían circular, enfrentarse a objeciones y ganar reputación por su capacidad explicativa o práctica. La investigación de la naturaleza adquirió el carácter de una empresa acumulativa; el conocimiento útil comenzó a prometer una mejora deliberada de la vida material. Mokyr lograba hace menos de un año el reconocimiento a su trabajo con un premio Nobel compartido. Stefanski reconoce que su serie es una “sombra cuantitativa” de esa interpretación. Las dimensiones que más importan para Mokyr — autonomía, paciencia y tolerancia de lo desconocido — son precisamente las que comienzan a moverse antes y con mayor fuerza en el stock cultural.
Pero no es el único premio Nobel al que este trabajo avala. Aunque apenas lo mencione en el artículo — salvo por una somera referencia a la importancia de las reformas institucionales napoleónicas —, creo que Stefanski también ofrece un importe espaldarazo al trabajo de Acemoglu, que junto con Johnson y Robinson también mereció un premio Nobel hace dos años al iluminar la arquitectura política que determina qué ideas llegan a desplegarse. Las instituciones distribuyen poder, protegen inversiones, permiten la entrada de nuevos actores y establecen hasta dónde pueden llegar las élites para bloquear una innovación. El crecimiento moderno depende de incentivos y de la capacidad para atravesar la resistencia de quienes extraen rentas del orden vigente. Una tecnología crea prosperidad agregada y perdedores concretos. Estos últimos pueden cerrar el futuro cuando controlan las reglas del presente.
Cultura e instituciones forman capas de una misma geología del crecimiento: las segundas construyen los cauces por los que circulan los incentivos, mientras la primera modifica la facilidad con que las ideas atraviesan esos cauces. Una patente protege al inventor, una universidad aporta recursos y un mercado abre oportunidades, aunque su fecundidad depende también del prestigio concedido al desacuerdo, la experimentación y el trabajo práctico. La relación opera en ambos sentidos: parlamentos, escuelas, tribunales e imprentas transforman hábitos, expectativas y formas de cooperación, mientras las creencias heredadas sostienen, erosionan o rediseñan esas instituciones.
Stefanski condensa deliberadamente esta complejidad en una cuña cultural que altera la productividad del esfuerzo investigador. Su medida parece captar simultáneamente educación, religión, estructura familiar, redes comerciales y formas de autoridad. Registra de alguna forma la temperatura de la estancia, aunque deje abierta la localización precisa de cada fuente de calor. Su resultado depende de múltiples elecciones metodológicas — el archivo, las categorías culturales, la clasificación de los modelos y los parámetros económicos —, pero la estabilidad de las conclusiones al modificar varias de ellas concede solidez a una propuesta tan audaz como intelectualmente fértil.
Pero, esta coincidencia con la historiografía económica occidental ¿puede extrapolarse, salvando las distancias culturales, a otras grandes civilizaciones a través de la IA y su respectiva literatura? ¿qué hay de ese desplazamiento del epicentro mundial hacia el oeste que acaba regresando al lejano Oriente?
China e India: hacia una historia comparada de las culturas
La lectura computacional de archivos históricos no es exclusiva del canon occidental. Por ejemplo, Melanie Meng Xue publicaba en mayo de este año History as Evolution: The Case of China, donde utiliza poesía histórica china para construir series sobre religiones, piedad filial, emociones y actitudes hacia mercados, comerciantes y emperadores. El trabajo encuentra una valoración más favorable del comercio alrededor de la revolución comercial de la dinastía Song y combina la poesía con gacetas locales para estudiar la huella cultural de episodios como la rebelión Taiping. Su método comparte con Stefanski el interés por distinguir la aparición de un tema de la posición que el texto adopta frente a él, aunque no lo lleve a un modelo económico de crecimiento. Además, aunque admite como Stefanski la relación bidireccional entre cultura y desarrollo, analiza principalmente cómo el desarrollo económico, el poder estatal y las rupturas políticas transforman la cultura y no al revés, como es fundamentalmente la aproximación de Stefanski.
Otro estudio, publicado en 2025 por Ying Zhong, Valentin Thouzeau y Nicolas Baumard, analiza miles de obras de ficción china desde la dinastía Tang hasta nuestros días. Sus resultados detectan un avance de valores ligados a la autonomía, la apertura mental, el amor romántico y la cooperación durante los siglos XVII y XVIII, seguido por una reversión posterior. La trayectoria desafía cualquier relato lineal de modernización y recuerda que las culturas pueden avanzar, retroceder y recombinar sus valores de acuerdo con las condiciones históricas. Y que, en particular en China, no se produjo una revolución como la Meiji en el Japón del siglo XIX, políticamente rupturista y con un salto occidentalizador directo. A aquella modernización cultural incompleta, durante la prosperidad de los Ming tardíos y los Qing iniciales, y posteriormente revertida, se habría sumado otra, la que desde finales del siglo XX impulsa el resurgir chino. El estudio también observa el avance contemporáneo de los valores individualistas que aparece con claridad desde finales de los setenta en China y se vincula con la expansión económica posterior hasta hoy.
India ofrece un laboratorio distinto en el que los europeos están metiendo la cuchara. El proyecto Long-run Cultural Change and Economic Development: Evidence from 100 Years of Ethnographic Data in India iniciado en 2025 está construyendo una base de datos de un siglo sobre normas culturales recorriendo 4.635 grupos sociales, a partir de informes etnográficos históricos. Su objetivo consiste en relacionar cambios en género, confianza, cooperación y segregación con procesos económicos y sociales. El proyecto sigue en desarrollo y, por lo que he visto, todavía carece de un resultado publicado equivalente al contrafactual macroeconómico de Stefanski.
Estos precedentes contextualizan la singularidad del artículo. La IA también se está empleando para seguir el cambio cultural en otras tradiciones. Pero la comparación también impide convertir la experiencia occidental en una plantilla universal. Ciertos valores, como los amalgamados en la milenaria cultura china atravesada recientemente por la experiencia de la revolución comunista y particularmente cultural, invitan a pensar que un ecosistema distinto de valores también puede producir crecimientos económicos relevantes, aunque converja en torno a ciertos polos como la libertad individual de emprendimiento y el largo plazo.
Una infraestructura hecha de palabras
La aportación más fértil del artículo quizá se encuentre fuera de sus porcentajes. Estamos acostumbrados a imaginar las infraestructuras mediante piedra, acero, cables y centros de datos. Una biblioteca constituye también una infraestructura: conserva modelos de conducta, fija reputaciones, transmite disputas, legitima aspiraciones y enseña a generaciones futuras qué preguntas merecen formularse. Y, especialmente, con qué ilusionarse.
Los textos pueden interpretarse como tecnologías de transmisión cultural, que prolongan jerarquías a través de tratados o abren espacios a la autonomía en el derecho a través de una autobiografía. Las novelas pueden visibilizar injusticias hasta rasgar la experiencia colectiva. Y las sátiras, como hacen fuera de los textos expresiones artísticas como las fallas valencianas, pueden erosionar la solemnidad del poder y su proyección de legitimidad. Cada libro modifica levemente el repertorio de futuros que una sociedad considera posibles.
La máquina de vapor condensa metalurgia, energía, capital y destreza mecánica. Pero también condensa siglos de aprendizaje cultural: la aceptación del experimento, el prestigio de la mejora, la tolerancia hacia el desacuerdo y la voluntad de trabajar para un porvenir todavía invisible. Cuando Watt perfeccionó su máquina, Europa llevaba mucho tiempo preparando el clima intelectual capaz de recibirla.
El crecimiento moderno pudo comenzar, en ese sentido, dentro de una biblioteca. Allí, entre páginas copiadas, traducidas, discutidas y legadas, una civilización fue reduciendo lentamente el coste moral de pensar de otra manera. La IA empieza ahora a escuchar ese movimiento. Bajo el rumor de nueve siglos de palabras, descubre el crujido de una cuña que se retira.
Gracias por leerme.
Este es un tema que muchos de vosotros sabéis que me apasiona y que, en buena medida, inspiró inicialmente mi tesis doctoral que al final se transformaría en libro, aunque excediendo en mucho la mera aproximación económica.
Stefanski ilustra el problema comparando El príncipe, de Maquiavelo, con la autobiografía de Venture Smith, un africano esclavizado en Nueva Inglaterra que logró comprar su libertad. Un análisis basado en palabras encuentra más señales jerárquicas en el relato de Smith, saturado de órdenes, propietarios, ventas y obediencia forzada. La lectura contextual invierte la clasificación: Maquiavelo presenta la autoridad principesca como un instrumento legítimo de acción política; la narración de Smith convierte la propiedad sobre uno mismo en su centro moral. Un texto legitima la jerarquía y el otro la atraviesa para condenarla.
Dudo mucho que los textos más conservadores, tradicionales y contrarios al lenguaje de la innovación tengan traducciones al inglés en la misma proporción que aquellos disidentes de aspiración universalista. El corpus de textos que el artículo reconoce representa la tradición literaria occidental “preservada y transmitida en inglés”, una definición más estrecha que la cultura escrita total de Occidente. Además, me parece indudable que la triunfante cultura anglosajona que hace hoy del inglés la lengua franca global preservó mejor en inglés todos sus textos, incluidos aquellos más reticentes a la innovación y a las nuevas ideas. Basta mirar en el mapa la escasez de textos, por ejemplo, provenientes de la esfera también occidental procedentes de Hispanoamérica.



