Moáis, patatas y datacenters
Los peligros de jugársela a una sola carta para una tripulación tecnológica
Al alba del mundo, una fila de hombres avanza sobre la tierra volcánica de una isla perdida en el Pacífico, inclinando sus cuerpos sudorosos mientras tensan con esfuerzo algunas cuerdas vegetales que, sobre unos troncos robustos, tratan de persuadir a una enorme piedra para que abandone su quietud.
Siglos después, en otra isla en mitad del Atlántico, una familia escarba hambrienta la tierra húmeda y encuentra horrorizada, bajo la promesa oscura de los surcos, unos tubérculos negros, blandos, enfermos, convertidos en una caricatura fúnebre del alimento que había sostenido a sus antepasados durante siglos.
Hoy, aislados en mitad de un desierto domesticado por carreteras, fibra óptica y líneas eléctricas, varias excavadoras preparan el terreno contrarreloj para la construcción de un centro de datos que se servirá troceado en tokens, un templo sin vitrales donde el aire se enfría secando el desierto y los servidores aprenden a computar con una fluidez tan acelerada que está empezando a dejar de ser inefable y a parecerse a la inteligencia humana.
Tres épocas. Tres localizaciones. Tres tecnologías.
Y una apuesta similar.
Los moáis y el exceso
En 1722, el día de Pascua, el explorador neerlandés Jacob Roggeveen llegó a una isla remota del Pacífico que los europeos bautizarían en honor a aquel señalado día. Allí se topó con unas enormes estatuas de piedra, semi enterradas, con el frentón aplanado y orientadas hacia el interior de la isla. Eran misteriosos guardianes de una memoria que el nuevo visitante apenas podía descifrar. Aquel parecía el vestigio de una cultura de la que ya quedaban pocos pobladores, en un entorno de vegetación esquilmada que alimentó durante siglos una pregunta fascinante: ¿Cómo pudo una comunidad tan aislada y ya reducida levantar monumentos de tal escala en un paisaje aparentemente tan desolado?
La versión clásica del relato fue adquiriendo con el tiempo la forma moral de una parábola, especialmente a finales del siglo XX con el trabajo de Jared Diamond: Hacia el primer milenio de nuestra era, pobladores polinesios habrían llegado a Rapa Nui y se habrían asentado en una isla cubierta de palmeras, aves marinas y recursos suficientes para sostener una cultura singular. Con el paso de las generaciones, la población habría aumentado, los clanes se habrían diversificado y habrían entrado en competición por el reconocimiento y el estatus mediante la construcción de los moáis, aquellas estatuas gigantes en representación de sus antepasados. El ciclo competitivo se habría realimentado generando cada vez más esculturas y cada vez más grandes, en una carrera de prestigio en la que pretendían petrificar su autoridad, linaje y vínculo con aquellos antepasados proveedores de legitimidad. Para tallar, transportar y erigir aquellos moáis, habrían necesitado madera, fibras, alimentos, coordinación y un esfuerzo colectivo ímprobo. La isla, según este relato, habría ido agotando sus bosques y suelos hasta entrar en una espiral de escasez, conflicto y colapso ecológico. Los europeos sólo encontraron sus vestigios.
Se erigió así el relato de un ecocidio de manual que hizo las delicias de los ecologistas, aunque hoy sabemos que no fue así1. Pero no importa, la historia es verosímil y poderosa. Una historia que parece escrita por un antropólogo con dejes de Esopo, y que funciona como una metáfora planetaria: Una sociedad pequeña, encerrada en los límites de su isla, habría sacrificado su base material para alimentar un sistema de legitimidad simbólica. Cada moái nuevo habría sido a la vez una obra de arte, una hazaña técnica y una hipoteca ecológica. Estatuas como materialización del ritual pero también de una inversión colectiva que devoraba por los pies aquello que la hacía posible. La isla entera transformada en cantera. Una advertencia perfecta.
La imagen de Rapa Nui pasó a convertirse en una metáfora que incluso excedió el relato de la sostenibilidad ecológica: una nave cerrada, con recursos finitos, era habitada por una humanidad capaz de talar su futuro obsesionada por levantar sus símbolos de grandeza. Es ya irrelevante si su fundamento histórico puede sostenerse. Podemos incluso aparcar por un momento el interesantísimo debate entre los decrecentistas — que consideran que con recursos finitos como los de la Tierra, no podemos aspirar a mantener un sistema de crecimiento infinito — y quienes creen que aún nos queda muchísimo recorrido y no es conveniente asfixiar la capacidad humana para la innovación que a priori no tiene límites.
La cuestión, mientras tanto, es que el relato ilumina esas ocasiones en las que se nos derriten las alas como a Ícaro, alcanzamos ciertos techos, nos salen mal determinadas jugadas y el exceso de concentración en una inversión o una apuesta cultural puede ser devastador. La historia dramatizada de Rapa Nui sobrevive y sigue funcionando como advertencia que expresa una intuición universal sobre las civilizaciones y sus excesos cuando se lo juegan todo a una sola carta.
O a una sola patata.
El tubérculo maldito
En 1845, la población irlandesa llevaba un par de siglos creciendo de manera sostenida gracias a las mejoras técnicas y el aumento de la complejidad de su producción agrícola. Entre otros logros, el descubrimiento de la patata que trajeron los españoles de América había conseguido ahorrar enormes hambrunas en Europa, gracias a su facilidad para ser producida. En suelos pobres, en parcelas pequeñas, bajo un clima húmedo y con una población sometida a presiones económicas muy severas, la patata ofrecía calorías, nutrientes y una productividad difícil de igualar. Permitía sostener familias numerosas allí donde otros cultivos habrían fracasado. Era una tecnología humilde y brillante. Era la época en la que comenzábamos a escapar de la trampa malthusiana. Y la patata era un pequeño milagro bajo la tierra.
Sin embargo, entre 1845 y 1849, apareció un tizón tardío, causado por un hongo letal, Phytophthora infestans, que arruinó cosechas sucesivas y que, amplificado por diversos factores, acabó provocando la Gran Hambruna irlandesa. La llamada enfermedad de la patata estalló por toda Europa, y varios factores coadyuvantes — como suelen coincidir en toda catástrofe —, la hicieron letal: para empezar, el último de los mínimos en la temperatura de la Pequeña Edad de Hielo empeoró drásticamente la producción agrícola; además, tanto la estructura política británica y la arquitectura social como las decisiones del gobierno agravaron la situación2. Todos estos elementos transformaron una crisis agraria en una catástrofe humana: La Great Famine mató a más de un millón de irlandeses y otros tantos tuvieron que emigrar, haciendo que la población disminuyese entre un 20% y un 25% en aquellos años3. La hambruna fue un trauma histórico que penetró en la memoria popular y se convirtió en un acelerador para los movimientos nacionalistas irlandeses4.
Sin embargo, el factor determinante se concentró en la centralidad del elemento biológico: Aunque la innovación agrícola de la patata sostuvo a los irlandeses y a tantos europeos durante casi dos siglos, la falta de diversificación simplificó dramáticamente la dieta de buena parte de su población en torno a una variedad concreta de este tubérculo, la Irish Lumper, que se volvió predominante. Aproximadamente dos quintas partes de la población dependía exclusivamente de esta cosecha barata por una serie de razones históricas. Esa dependencia fue extremadamente estrecha. Cuando falló el tubérculo, falló el suelo bajo los pies.

La dependencia alimentaria concentrada en ese monocultivo para semejante parte de la población la hizo tremendamente vulnerable. La patata había resultado brutalmente tentadora por lo que simplificaba el problema alimentario. Esa sencillez era poderosa. Pero la sencillez también puede ser peligrosa, porque la complejidad facilita la versatilidad, y ante un cambio abrupto como el de una plaga, la sencillez se halla sin respuestas. La vida rural se sostenía gracias a una solución de rendimiento admirable con una fragilidad oculta, y no sería la primera de la historia5.
Y probablemente no será la última.
Datacenters y escalabilidad
Llevamos unos años en los que la construcción de datacenters se ha convertido en el nuevo cuello de botella para el desarrollo de la gran apuesta de nuestra era por la inteligencia artificial. Huele a hormigón fresco, cobre, silicio, agua de refrigeración, contratos de energía y deuda barata convertida en naves industriales. Y eso que soy anósmico, y apenas tengo olfato.
Los centros de datos se multiplican como catedrales horizontales en los márgenes de las ciudades, cerca de presas, parques solares, gasoductos, subestaciones y rutas de fibra óptica. Hablan de construir sus propias centrales nucleares ad hoc para abastecerse. Algunas empresas sostienen que, en su camino para ser rentables y traer la nueva revolución industrial, deben construir más y más datacenters porque si no, no serán capaces de atender la demanda emergente, como sobre Anthropic contaba Antonio Ortiz aquí. Y todo porque en su interior se está ensamblando una nueva primavera de esta historia de la IA que a su vez se ha convertido en la apuesta más ambiciosa de nuestra época: convertir la escalabilidad computacional en inteligencia práctica. El viejo tecnosueño.
La inteligencia artificial generativa ha reforzado una intuición técnica que ya venía madurando desde hace años: más datos, más parámetros, más cómputo y mejores arquitecturas pueden producir capacidades emergentes cada vez más valiosas. Las leyes de escalabilidad han funcionado como una brújula de facto, pues aunque no garanticen magia, hasta ahora han mostrado correlaciones entre tamaño, entrenamiento y rendimiento. Sin embargo, para poder sufragar semejante escalada, el ecosistema financiero, el empresarial y el geopolítico han debido adquirir aromas casi teológicos, como contaba Carlos Guadián aquí. Hay una misión civilizatoria, transhumana, como la de construir un moái. Como si el aumento cuantitativo validara automáticamente el camino elegido. Como si cada nuevo clúster de GPU fuera una indulgencia comprada al futuro.
Los fabricantes de chips se han convertido en actores geopolíticos que coquetean con Estados que hablan de soberanía computacional o supremacía en IA. Como entre tribus rapanui, brota un naciente nacionalismo de GPU, que apunta a esa geopolítica del cómputo. Los países siguen compitiendo por petróleo, puertos o rutas comerciales; pero cada vez más por chips avanzados, fábricas de semiconductores, litografía, tierras raras, talento, datos y capacidad de entrenamiento6. El mapa político se dibuja cada vez más con obleas de silicio, sobre el delicado equilibrio de una pax silica.
La infraestructura cognitiva de la economía empieza a disputar energía, agua, suelo, permisos, minerales y capacidad de red. Las redes eléctricas están descubriendo cada vez más que la nube digital no permanece en la ingravidez. Puede que la alerta por el consumo de agua esté sobredimensionada, como contaba Julian Estevez aquí, y que el consumo energético vaya a seguir siendo residual en el conjunto a pesar de sus tendencias7. Pero es difícil no apreciar el poder de captación y concentración que repiten esquemas del pasado.
Porque la concentración de la inversión no es solo material: el talento investigador ha ido migrando hacia los laboratorios con recursos de entrenamiento gigantescos a cambio de salarios inverosímiles, a la altura de las estrellas de la NBA, con los que muy pocas universidades pueden competir. Además, el monocultivo epistemológico está también reorganizando la imaginación social alrededor de una hipótesis dominante que dice que la mejora de modelos escalables, entrenados sobre vastos conjuntos de datos y desplegados mediante infraestructuras concentradas, será la vía principal para aumentar la productividad cognitiva, automatizar tareas, acelerar la ciencia, transformar la educación, mejorar la programación, reconfigurar servicios profesionales y resolver cuellos de botella de conocimiento. Incluso hacernos eternos. Puede que sea cierto en parte. Ya lo es en parte. Y ahí está el peligro.
La reorganización industrial en marcha ha ido concentrando el capital en muy pocas empresas a una escala inédita. Los magníficos 7 — Alphabet (‘Google’), Amazon, Apple, Meta (‘Facebook’), Microsoft, Nvidia y Tesla — han venido acaparando la financiación y la valoración en el crecimiento bursátil, incluso dentro del índice SP-500. Una peligrosa concentración agitada por la cantidad de inminentes salidas a bolsa de otros actores aupados por la IA de enorme relevancia, calentando no solo el banquillo sino también el mercado, con poderosos relatos para captar atención y fondos — SpaceX lo hizo hace unos días, Anthropic y posiblemente OpenAI lo harán pronto si nada se tuerce. La locura es tal que, por ejemplo, en San Francisco se están aceptando como pago por nuevas viviendas participaciones de una empresa como Anthropic que aún no ha salido a bolsa.
El problema es que, a lo largo de 2026, y ya veremos en adelante, parecemos estar asomándonos otra vez al precipicio. La gran apuesta de nuestro tiempo parece estar de nuevo desinflándose. Como si todo el mundo corriera a desprenderse cuanto antes de su participación en una estafa piramidal:

Como ocurrió con la patata, la eficacia inicial y sobre todo las altas expectativas reducen el deseo de diversidad. Si un modelo generalista resuelve traducciones, resume documentos, analiza imágenes, redacta código, soluciona históricas conjeturas matemáticas, genera diseños y actúa como interfaz universal, ¿para qué sostener tantas rutas menores, tantos sistemas especializados, tanta investigación lenta, tanto conocimiento artesanal? Si el rendimiento mejora al escalar, ¿por qué repartir recursos entre alternativas más pequeñas, menos espectaculares o menos rentables? Si el capital premia la promesa de modelos frontera o de descripciones utópicas sobre el futuro, ¿qué ocurre con las alternativas trayectorias de IA simbólica, neurociencia computacional, robótica situada, sistemas híbridos, aprendizaje causal, métodos interpretables, arquitecturas energéticamente austeras o herramientas comunitarias de bajo coste?
Y más aún, ¿qué sucede con todo lo que no sea IA?
Quizá estemos surfeando la ola de una nueva revolución. O quizá sucede que, aun siéndolo, nos estemos viendo atrapados por un lock-in tecnológico que — lejos de habernos desvelado una innovación clausurada — nos pueda estar hurtando alternativas potencialmente mejores8 y abocarnos a algún tipo de hambruna. Una que se sirva también de nuestra comodidad. Porque esta apuesta por una IA como monocultivo está permeando la realidad económica y social replicando a gran escala modelos como los de Uber o Amazon quienes, mientras seguían dando pérdidas, nos iban acomodando a sus beneficios para después rentabilizarnos cuando ya nos resulte muy difícil prescindir de ellos.
Cuanto más se integran los modelos de IA en educación, empresa, administración, investigación, entretenimiento y defensa, más dependencias aparecen. Aunque cueste creerlo hoy, no sería la primera vez que el estallido de una burbuja de expectativas vuelve impopular la etiqueta “inteligencia artificial”, como ya sucedió en uno de sus inviernos. Mientras tanto, cada vez más dependencias deslumbrantes e inadvertidas aparecen perfilando lenguajes, perfiles de puestos de trabajo, productos y servicios que deben llevar — si no quieren quedarse atrás — la etiqueta “powered by AI”.
La escalabilidad, sin embargo, no puede prometer rendimientos crecientes ad infinitum. Ni garantizar que ese rendimiento se traduzca en productividad social amplia, adopción masiva, bienestar distribuido, sostenibilidad energética, pluralismo cognitivo o instituciones más prudentes. Mientras, el entusiasmo grandilocuente vende el futuro antes de que la contabilidad haya terminado de anotar un solo euro de beneficio.
Las burbujas especulativas generan externalidades positivas y negativas. Los ferrocarriles transformaron el transporte y el comercio del siglo XIX y también generaron episodios de locura que dieron al traste con auténticas fortunas; la electrificación necesitó décadas para desplegar todo su potencial productivo y en el camino se quedaron algunos de sus entusiastas; Internet cambió el mundo y disparó su productividad9, pero también convivió con una euforia bursátil que arrasó empresas puntocom sin modelo viable. Hay quienes consideran, como Maria Alvarez, que hemos sembrado de burbujas este primer cuarto de siglo XXI porque tenemos un problema de raíz con la transición a la economía de la información, que es por definición abundante y no escasa, y seguimos fabricándolas, incluida la de la IA. El caso es que, aun admitiendo que la IA pueda traer enormes beneficios reales, se pueden estar combinando peligrosamente con unos niveles inauditos de sobreinversión, concentración, promesas excesivas, infraestructuras infrautilizadas y una selección cruel entre quienes finalmente capturen valor y quienes paguen la factura.
Rechazar la IA sería una respuesta pobre. La patata también sostuvo la vida de millones y los moáis facilitaron la cohesión de algunas sociedades durante generaciones. Pero las preguntas son pertinentes. ¿Qué ocurre cuando una civilización deja de investigar múltiples caminos y apuesta toda su inteligencia colectiva a una única hipótesis tecnológica? ¿Qué se pierde cuando el talento más brillante se concentra en optimizar sistemas que requieren cantidades crecientes de datos, energía y capital? ¿Qué instituciones quedan debilitadas cuando todo se mide por su compatibilidad con una arquitectura dominante? ¿Qué formas de conocimiento se atrofian cuando una herramienta se convierte en mediadora universal de la memoria, la escritura, la búsqueda, el razonamiento y la decisión?
Una tecnología poderosa debe evaluarse por lo que permite hacer, pero también por lo que vuelve improbable. Cada sistema abre puertas y cierra ventanas. Cada infraestructura produce capacidades y dependencias. Cada éxito reordena el mapa con el que una tripulación trata de abrirse paso.
La tripulación tecnológica y la trampa del éxito
Toda comunidad necesita invertir recursos en aquello que la sostiene. Algunas de estas inversiones son funcionales, como la patata, otras simbólicas, como los moáis; pero la mayoría navegan en un gradiente intermedio que mezcla la ventaja material con la función social. Por ejemplo, el despliegue del ferrocarril o del telégrafo generó burbujas especulativas, y a la larga produjo retornos materiales enormemente valiosos, pero también hermanó regiones distantes y cohesionó conciencias nacionales. No vivimos solo de calorías y materiales. Vivimos también de significado.
Y por eso, una misión tan científicamente relevante como económicamente costosa como la Artemis II no nos ha dejado sólo múltiples aportaciones a la ciencia o a la ingeniería aeroespacial. También nos ha dejado significados, como los de este conmovedor discurso de Christina Koch, recientemente nombrada Premio Princesa de Asturias de la Concordia, sobre lo que significa ser una tripulación:
En este planeta globalizado somos cada vez más esa tripulación flotando en la inmensidad hostil del espacio. Y para navegar en esa intemperie radical, es preciso pilotar tanto la optimización de la tecnología que hace posible el viaje como el símbolo que cataliza la cohesión, nos orienta y da estabilidad. Porque ambas tienen un coste. Exigen un tributo que pagar. Y cuando una determinada tecnología y un determinado significado comienzan a reclamar una parte desproporcionada de la energía social, extrayendo trabajo, esfuerzo, capital humano, dinero, tiempo y atención ponen cada vez más en riesgo la diversificación necesaria en toda inversión.
Los sistemas complejos pueden desequilibrarse fácilmente si se dejan arrastrar por un mecanismo de incentivos perverso que inclina la balanza hasta el derrumbe. Cuando las métricas se convierten en objetivos en sí. Cuando demandan en exceso la apuesta por un monocultivo — de piedra, de almidón, de silicio — al que se orientan la mayoría de los esfuerzos y recursos, priorizándose sobre los demás. Porque hurta la innovación a otras vías alternativas y porque puede llegar a conducirnos a callejones sin salida que confían vanamente en ficciones imposibles, como las de la coleta con la que el barón Münchhausen lograba sacarse del lodazal.
Esos monocultivos muchas veces fracasan porque han funcionado demasiado bien y se apalancan generando dependencias imprudentes. Cuando una tecnología adquiere aura de inevitabilidad por su extremada eficiencia, quienes piden prudencia parecen enemigos del progreso, amigos de las tecnofobias, igual que quien cuestiona una carrera de estatuas puede parecer enemigo de los antepasados o quien desconfía de la patata puede parecer enemigo del hambre. Pero la prudencia crítica es imprescindible.
Porque nuestra capacidad para desatar máquinas de extracción ha aumentado con la innovación tecnológica, capaces ya de mover el mundo. Y son terriblemente eficientes en afilar rendimientos. Pero la eficiencia extrema genera fragilidad extrema porque reduce el espacio de error. Un sistema optimizado para un entorno concreto puede rendir de forma extraordinaria mientras ese entorno se mantenga estable. Pero esa misma adaptación lo deja expuesto cuando cambian las condiciones, y esto sucede en mil campos que procuran aumentar su eficiencia y velocidad10. Pero la velocidad puede ser una forma elegante de perder los frenos.
La diferencia entre crecimiento y resiliencia atraviesa todo el asunto. Si el crecimiento eclipsa lo demás, la resiliencia que permite absorber perturbaciones queda en la sombra. Convertir cada ganancia en una apuesta más concentrada por aquello que la hizo crecer erosiona la resiliencia que lo sostuvo. Pero la prudencia no invita al inmovilismo. Se trata de diseñar también la reversibilidad. Por ejemplo, en el mundo de la IA, eso implica diversificar arquitecturas, exigir transparencia energética, preservar investigación pública, evitar dependencias excesivas de pocos proveedores, proteger conocimiento humano crítico, fomentar estándares abiertos, auditar impactos sociales y no confundir automatización con comprensión. Puede que en Europa nos pasemos regulando la innovación hasta ahogarla, pero desinhibirla por completo puede cavar inadvertidamente tumbas profundas.
Porque, a pesar de disfrutar de tecnología de dioses, seguimos presos de las mismas capacidades psicológicas de nuestros antepasados en la sabana, y en general, somos muy malos a la hora de percibir cuando nuestras dependencias se fragilizan, obnubilados por las promesas con la que nos riegan las apuestas que a corto plazo parecen dar algunos frutos. Por eso nos tragamos que una empresa que aún da pérdidas pueda salir a bolsa por una valorización casi un centenar de veces más alto que su facturación, multiplicando por más de ochenta los ratios habituales como contaba Maria Alvarez aquí.
Los escépticos que rechazan las advertencias de Casandra desde la sensatez, no suelen advertir que el sistema funciona mientras permanece dentro de los supuestos del modelo. Las crisis suelen surgir cuando se encadenan dependencias a partir de una perturbación imprevista: un patógeno, una sequía, una guerra, una subida energética, una crisis financiera, una salida a bolsa precipitada y sin solvencia, una mutación regulatoria, una dependencia geopolítica. COVID-19, Suez, Ormuz. Entonces descubrimos que aquello que llamábamos grasa era, en realidad, músculo de emergencia.
Los ecosistemas robustos rara vez son los más limpios desde la mirada de un ingeniero obsesionado con la eficiencia. Están llenos de duplicidades, relaciones indirectas, especies que parecen desempeñar papeles modestos, circuitos alternativos y reservas de variación. Desde una hoja de cálculo, parte de esa riqueza parece desperdicio. Desde la biología, es seguro de vida. Una selva es robusta porque ningún elemento agota por completo el repertorio de funciones del sistema. Hay sustituciones parciales, redundancia y ambigüedad fértil. Pero los sistemas resilientes conservan recursos que parecen un despilfarro en la lógica del retorno inmediato. La exploración es cara. La falta de exploración puede ser ruinosa.
La civilización industrial, en cambio, suele mirar la redundancia inadvertida con sospecha. La considera un coste que lastra el time to market. La percibe como una ineficiencia. El almacén sobrante, el proveedor alternativo, el oficio minoritario, la investigación básica sin aplicación inmediata, la conversación informal en el pasillo, el cultivo que rinde menos, la ciudad caminable que sacrifica velocidad por proximidad, el protocolo abierto que no captura todos los retornos, incluso las costosísimas expediciones aeroespaciales11. Todo ello parece una pérdida frente al brillo de la optimización.
Sin embargo, la redundancia es resiliencia; la diversidad es una forma de antifragilidad12; la exploración aparentemente improductiva protege el futuro de la arrogancia del presente. Aunque haya que alcanzar un equilibrio y no despilfarrar, lo inútil de hoy puede ser el clavo ardiendo de mañana al que aferrarnos.
Las civilizaciones no suelen morir por un fracaso estrepitoso. Muchas veces se ponen en peligro porque una solución exitosa coloniza todo el sistema. Como, entre otras muchas, parece que sucedió con la esclavitud y la conquista en Roma. Esta es la trampa del éxito. Porque cuando una tecnología triunfa, construimos alrededor de ella infraestructuras físicas, normas, profesiones, mercados, expectativas y afectos. El éxito crea costes hundidos.
Quizá los moáis nunca destruyeron Rapa Nui. Pero toda civilización termina levantando los suyos. A veces son estatuas. A veces son cultivos. A veces son centros de datos brillando en la noche como monasterios eléctricos. Conviene, sin embargo, entender que, sin dejar de construirlos, es prudente no dejar que ninguno adquiera excesivo control sobre nuestro futuro.
Gracias por leerme.
El relato de Diamond se desmontó por acumulación de varias evidencias: por un lado no apareció la gran “huella” esperable de un colapso demográfico antes de la llegada de los europeos; por otro lado, los análisis genómicos recientes sugieren que la población se mantuvo más bien continua y resiliente hasta el contacto colonial, adaptada a los límites de la isla; y la deforestación que fue real se atribuye hoy a un proceso complejo donde intervinieron ratas polinesias, suelos pobres, técnicas agrícolas adaptativas y, después, el golpe devastador de enfermedades, esclavismo y violencia colonial. Ni rastro de un “suicidio ecológico” causado por una sociedad irracional que talara árboles para levantar estatuas.
John Russell y muy en particular el Secretario del Tesoro Charles Edward Trevelyan eran partidarios del laissez faire, el libre mercado, y explícitamente estaban todavía convencidos del límite natural que Malthus había predicho para las superpoblaciones. Abolieron la comisión de ayuda creada en su momento por el entonces primer ministro Robert Peel, ya que estaban en contra de toda intervención del Estado, y creían que debían ser los propios irlandeses los que pagasen las ayudas que necesitaban.
Estos fenómenos migratorios, extendidos especialmente a otros países de la Europa septentrional, aceleraron el proceso de expansión demográfica estadounidense hacia el oeste.
Entre las atrocidades de los ingleses, que poseían la tierra y la arrendaban a los irlandeses, que se dedicaban a trabajar y a exportar el trigo a Inglaterra, quedándose con la producción de patata, se sumó su histórica marginación religiosa: El 80% de la población irlandesa era católica y a lo largo de los siglos XVII y XVIII se les había sido prohibido comprar, heredar o arrendar tierras, además de votar, ocupar cargos políticos, vivir en una ciudad y sus alrededores u obtener educación para lograr una profesión. Los irlandeses fueron excluidos del consumo de trigo que se exportaba a Inglaterra. Mientras las patatas morían, los trigales gozaban de buena salud, pero los irlandeses no podían acceder a este alimento pues pertenecía a los terratenientes ingleses. La reacción germinó más allá de las protestas sofocadas.
La Mesopotamia antigua padeció procesos de salinización que redujeron la productividad agrícola en zonas irrigadas; algunas ciudades mayas sufrieron tensiones ligadas a sequías, presión demográfica y conflicto; el Dust Bowl estadounidense de los años treinta mostró cómo la combinación de prácticas agrícolas, sequía y mercados podía convertir una región productiva en una tormenta de polvo; ciertas economías extractivas han quedado atrapadas durante décadas por la maldición de un recurso dominante que promete riqueza y reduce diversificación institucional. Aunque la historia es un telar y no un hilo, y es preciso huir de cuentos simples, el patrón se repite: la eficacia concentrada puede incubar fragilidad sistémica.
Hay un largo etcétera que recorre la actualidad mediática y muestra a unos Estados Unidos restringiendo las exportaciones para preservar su ventaja tecnológica; a una China buscando sustituir sus dependencias críticas; a una Europa que habla de autonomía estratégica mientras intenta no quedar reducida a un usuario regulador de infraestructuras ajenas; a un Oriente Medio que convierte energía y capital en centros de datos intentando anticiparse a la obsolescencia de los combustibles fósiles. Y a empresas privadas que en general están acumulando recursos de cálculo con un poder que antes asociábamos a los Estados.
La Agencia Internacional de la Energía ha estimado que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría más que duplicarse hacia 2030, hasta alcanzar en torno a 945 TWh en su escenario base.
Baste el recurrente ejemplo de la enorme fuerza bruta de cómputo que se emplea en el entrenamiento de los LLM siguiendo las leyes de escalabilidad, y la dificultad con la que algunas alternativas logran algo de financiación con modelos mucho más eficientes, como el que plantea Yann LeCun y su apuesta por la construcción de modelos del mundo y no ingentes extrapoladores de tokens.
Durante años se ha hablado de la paradoja de la productividad con la llegada de los ordenadores e Internet, y en estos días de altas expectativas sobre la IA que no se ven traducidas todavía en aumentos de la productividad reales reverdece el relato. Pero ese es un melón que no puede abordarse de forma simple. En primer lugar, porque existe un aumento oculto de la productividad que debe medirse de manera indirecta. Y, por otro lado, porque la transformación es tan sustancial, que la métrica pierde validez. Otro día me meteré en ese jardín.
En ingeniería, esto se ve con claridad en sistemas diseñados sin margen, redundancia ni tolerancia a fallos; en finanzas, con carteras demasiado correlacionadas; en logística, con cadenas just-in-time que se rompen ante un bloqueo portuario; en ecología, con poblaciones genéticamente empobrecidas; en política, con regímenes que eliminan contrapesos para ganar velocidad decisoria.
Perdonen otra autocita:
Nassim Nicholas Taleb popularizó la idea de antifragilidad para describir sistemas que, además de resistir el desorden, mejoran con ciertos tipos de perturbación. Es una noción con profundas raíces biológicas: La naturaleza no se limita a optimizar en contextos dados. Se encuentra en constante exploración, probando variantes y conservando imperfecciones que tolera porque le sirven para acumular de forma equilibrada redundancias, formas de vida en los márgenes que parecen secundarias hasta que cambia el clima, aparece un depredador o se altera el nicho. La evolución no avanza como una punta de flecha, en una línea recta hacia la eficiencia máxima. Avanza como el delta de un río, con múltiples brazos, cauces abandonados y sedimentos de posibilidades.





Qué manera más lúcida de enfocarlo. Gracias por la síntesis y las conexiones. Abajo los monocultivos, porque todos nos sentimos capaces de predecir el futuro hasta que el futuro decide hacer algo que nadie había previsto.